Miguel Russo
Por Miguel Russo
El Rengo echa hacia atrás la cabeza lo suficiente como para que el humo del cigarrillo que le cuelga de los labios no le entre en los ojos. Adopta pose, digamos, de Juan Gelman a punto de largar aquello de “decir que esa mujer era dos mujeres es decir poquito”. Y se parece bastante, mirándolo bien, pero eso no importa demasiado. Lo que pasa es que los dos andan tratando de alargar el tiempo, no hablar de eso que los entristece, que los pone un poco más nostálgicos todavía, como si hiciera falta. Taboada aplasta su pucho contra el cenicero triangular de Cinzano con una enjundia digna de mejores causas. Pero, sí, acertó, es el esgunfie de no querer largar prenda lo que lo hace poner todos sus sentidos y toda su atención en una operación tan poco atendible como apagar el faso.
Es el Rengo el que intenta quebrar la angustia: “Un maestro menos, ¿no?”.
Taboada lo mira permanecer en ese gesto gelmaniano y sabe que tiene que hablar para no largarse a llorar por el futuro.
-El problema no es tanto la ida como la no sustitución del que se pianta, ¿no? –dice, sabiendo lo que dice, a pesar de la pregunta que largó sólo como una mano tendida para que el Rengo se prenda.
-Y vos decís que no hay recambio posible –dice el Rengo.
-No lo digo yo –se ataja Taboada-, se nota. Cada uno de los maestros que se van dejan el hueco.
-Tampoco me vas a empezar ahora desde Walsh –dice el Rengo, sólo por decir.
-No, no –acepta Taboada-, podemos dar vueltas por estos años cercanos. Se fue Soriano, que enseñaba sin querer, quizás hasta a pesar de sí mismo, a trasponer esos límites imprecisos entre literatura y periodismo. Y no apareció ninguno ni siquiera para enojarse con él. Se fue Miguel Briante, que hacía de cada crítica de arte una novela que reíte de Musil,y nadie vino a ocupar el hueco ni siquiera pidiendo permiso. Se fue Homero Alsina Thevenet y nada, ni uruguayo ni argentino que te dijera qué es eso que nadie ve en cada película y sólo él, con su eterna cara de “no me molestes, no ves que estoy masticando bronca”, veía y hacía ver.
-Y ahora Tomás –dice el Rengo, sacándose por primera vez el cigarrillo de los labios.
Tomás es Tomás Eloy Martínez, y no hace falta entre el Rengo y Taboada preguntar nada más. El Rengo porque lo leyó, Taboada porque lo tuvo como jefe en una de las tantas redacciones por las que anduvo ganándose el mango y escribiendo giladas por las que los dueños de cada circo lo echaban iremediablemente.
-Tomás y todas las anécdotas sobre Perón. Tomás y sus historias del Tucumán clerical de hace setenta años. Tomás y los mil cien cafés para descular por qué el realismo mágico hizo lo que hizo –dice Taboada sin darse cuenta que habla solo, sin darse cuenta que le importa un pito que el Rengo comprenda lo que esta diciendo, sin darse cuenta que eso que dice lo vivió él y nadie más.
-Alguien va a aparecer –dice el Rengo más por decir algo que pensando lo que dice.
-No creo –dice Taboada, medio volviendo de ese lugar donde se fue recién cundo enumeraba-. Además, el problema es que tampoco hay alumnos que quieran aprovechar. No hay maestros que sustituyan a los que se van, pero tampoco hay alumnos que suplanten a los que más o menos dejaron de serlo.
-¿Escpeticismo, digamos? –dice el Rengo mirando mucho más allá de la calle.
-Bronca –dice Taboada-, mucha bronca. *