El Banco Central.
En este artículo se plantea que ello fue posible debido a la articulación de un programa macroeconómico consistente en el cual la política monetaria ha sido un pilar importante, sin lugar a dudas, pero en modo alguno escindible del conjunto de la política económica. Ello abre lugar a plantear interrogantes acerca del rol que debe cumplir el Banco Central y el lugar y el significado que se le asignan a su independencia.
Los principales ejes del programa macroeconómico implementado a partir de 2003 pasaron por el sostenimiento de un tipo de cambio competitivo a través de intervenciones en el mercado de cambios por parte de la autoridad monetaria. Al mismo tiempo, se establecieron retenciones a las exportaciones de productos primarios como mecanismo de apropiación de la renta extraordinaria generada por la devaluación y para evitar que la fase de altos precios internacionales de los productos alimenticios tuviera impactos adicionales sobre los salarios reales. Diversas medidas de estímulo al mercado interno y a la recomposición salarial retroalimentaron el crecimiento económico, generando así que la economía argentina recuperara la senda del crecimiento
Empecemos por el origen: ¿Cuáles fueron las fuentes del crecimiento de las reservas? Es claro que lo atesorado durante estos años no ha sido por el ingreso de capitales externos; de hecho, a lo largo del período se sumaron salidas netas de capitales en algo más de u$s10.000 millones, fruto, fundamentalmente, del pago de deudas. La razón por la que se acumularon reservas radica en el saldo positivo del intercambio comercial que promedió más de u$s12.000 millones al año, representando así el 56% del saldo comercial del período. Es contundente, entonces, la existencia de una política económica que estimuló la estructura productiva y, como resultado se produjo un considerable e inédito contexto de superávit comercial permanente que se tradujo en una constante acumulación de reservas.
Ahora bien, en las últimas semanas se ha vuelto a discutir sobre el papel del Banco Central, la necesidad de su absoluta independencia y el resguardo de las reservas de cualquier injerencia de las autoridades “políticas”. Desde esta perspectiva, la entidad debería desentenderse de la problemática del crecimiento y el empleo prestando pura y exclusivamente su atención en reducir la inflación, aunque ello provocare pérdida de empleos o reducción de la tasa de crecimiento. ¿Ha sido ésta la actuación del Banco Central en estos años? De ninguna manera. Recordemos que una de las columnas del régimen económico es la intervención del Banco Central para sostener un tipo de cambio competitivo orientado a estimular el crecimiento y el empleo. También la Reserva Federal en EE.UU. tiene que mirar estos tres objetivos a la hora de encarar su política monetaria y, de hecho, hace pocos años, la entonces diputada Mercedes Marcó del Pont propuso modificar la Carta Orgánica de nuestro Banco Central para adecuar las funciones a estos tres objetivos.
La receta ortodoxa en la materia, encabezada por el FMI, se denomina “metas de inflación”. Se trata, en esencia, de reducir la política monetaria al objetivo de mantener una meta de inflación baja. Si los precios amenazan con aumentar, el Banco Central debe subir las tasas de interés. Pero la experiencia argentina y de otras economías latinoamericanas ha mostrado que este tipo de mecanismo puede tener pocos efectos en la contención de la inflación pero sí, en cambio, generar resultados letales sobre el crecimiento y el empleo. La suba de las tasas suele inducir mecanismos de mayor especulación financiera y menor inversión productiva, con sus consabidos efectos sobre el nivel de empleo. El impulsor de este tipo de mecanismo de política monetaria ha sido Alfonso Prat Gay durante su paso por el Banco Central. La oposición de otros miembros del directorio impidió avanzar hacia la implementación del mecanismo de metas de inflación. ¿Qué hubiera pasado si Prat Gay alcanzaba su cometido? El valor del dólar habría caído a un nivel cercano a los $ 2, valor al cual muchas industrias no hubieran podido subsistir con la consiguiente caída del empleo, muchos productores agropecuarios, sobre todos los más pequeños, hubieran caído en dificultades y el salario real no hubiera podido recuperarse.
En este escenario, el saldo comercial hubiese tendido al desequilibrio, de modo que Prat Gay no tendría hoy que preocuparse por el uso de las reservas sencillamente porque no existirían en los niveles que se han acumulado. Un párrafo especial merece también la preocupación de los legisladores radicales por el uso de las reservas: cuando los últimos dos presidentes radicales abandonaron el poder, las reservas alcanzaban los u$s936 y 14.554 millones, respectivamente, los cuales representaban el 1,2% del PIB para el caso del Dr. Alfonsín y el 5,4% del PIB para el caso del Dr. De la Rúa. Como se podrá apreciar, la situación actual, con reservas que alcanzan el 16% del PIB, es muy diferente.
Se hace también referencia a la independencia del Banco Central. Es un punto sobre el que la sociedad argentina debería darse un espacio para el debate.
Sin dudas es un hecho loable que el Banco Central y el Ministerio de Economía tengan sus cuentas claramente diferenciadas. Las experiencias de décadas pasadas han arrojado muchas enseñanzas al respecto. Si la política monetaria debiera estar dirigida por una elite tecnocrática a salvo del poder político, la pregunta es por qué esa misma argumentación no sería aplicable para el caso de la política fiscal o la política industrial o, más aún, las políticas de salud y educación. La respuesta tal vez sea más compleja y haya que buscarla en ese afán de erigirse en gendarmes de las “sanas costumbres” del capitalismo financiero.
Pero en una sociedad democrática este tipo de conductas corporativas no deberían ser admitidas.
*Director del Banco Nación y presidente de la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina (AEDA)