Sociedad
La marcha de los pingüinos
22-09-2008 /
Como cada año, 200 mil parejas de aves se concentran en la costa del Golfo de San Jorge, en Chubut, para prolongar la especie. Un espectáculo que atrae a miles de turistas y se convirtió en una atracción de la Patagonia.
Las parejas de pingüinos se aparean en las costas de Chubut. Una zona rica en fauna silvestre que atrae a los visitantes del mun
Por Hugo F. Sánchez
(Enviado especial a la provincia de Chubut)
A 1.600 kilómetros de Buenos aires se desarrolla un ritual milenario: unas 200 mil parejas de pingüinos se concentran en la costa patagónica para reproducirse. Sobre un total de 63 colonias diseminadas sobre la costa, el 49 por ciento se encuentra en la provincia de Chubut, que por decisión del gobernador Mario Das Neves, el año pasado creó el parque interjuridiccional marino Patagonia Austral, un área protegida de 132.124 hectáreas, que se extiende entre la localidad de Camarones y Comodoro Rivadavia, al norte del golfo de San Jorge. Este año y por tercera vez consecutiva, se realizó la “Vigilia de Pingüinos”, una iniciativa de la provincia para promover el turismo y mostrar las bellezas naturales del formidable ecosistema, con una fauna de medio centenar de especies y 500 mil aves.
Territorio y romance. Si no fuera por la cercanía del mar y el fuerte viento, desde lejos la zona presenta un aspecto lunar: miles de cráteres diseminados sobre la superficie seca y terrosa. Las cuevas fueron construidas y acondicionadas por los machos que empezaron a arribar al Cabo dos Bahías (a medio camino entre Rawson y Comodoro Rivadavia) desde fines de agosto.
Más cerca, el panorama cambia. En cada nido hay una pareja de pingüinos que desandan el tiempo que resta hasta los primeros días de octubre, cuando lleguen las crías. Otras cuevas tienen un solo morador, es el macho que espera con fingido desinterés la llegada de su compañera y mientras tanto cuida celosamente el espacio; las peleas a los picotazos son frecuentes y los perdedores se van con la cabeza gacha, con dolorosas heridas y sin casa. Mientras tanto siguen arribando las hembras. Con paso vacilante entran al territorio y se orientan en la búsqueda de su pareja por los gritos de los machos. A simple vista el encuentro parece violento, pero los picotazos son más suaves, casi un ritual amoroso que se asemeja a los besos de los seres humanos. Eduardo Ibarra tiene 65 años y hace treinta y nueve que es guarda-fauna provincial. Fue el pionero, el primero que les colocó anillos en las patas, una herramienta que sirvió para descubrir que entre abril y agosto el Pingüino de Magallanes recorre más de 6 mil kilómetros desde las costas argentinas hasta el calor del Brasil, impulsados por las corrientes marinas.
“Además de los pingüinos, hay infinidad de especies, como guanacos, zorrinos, ñandúes, hurones y otras especies que se acercan para robar los huevos de las parejas de pingüinos”, dice Ibarra, rodeado de un espectáculo único en la Argentina. Muy lejos del trajín del centro de Buenos Aires y el estrés del tránsito en hora pico.
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