Economía - Opinión
Y si en lugar de ser la peor crisis financiera desde 1929, lo que está ocurriendo en Estados Unidos fuera algo mucho más trascendente aún, como ser el principio de la caída del Imperio Americano?
No es una especulación cualquiera. Tres semanas antes de que comenzara a acelerarse la crisis con el rescate de los dos gigantes hipotecarios, Fannie Mae y Freddie Mac, el economista de moda en el mundo publicó un artículo titulado “La declinación del Imperio Americano”. Se trata de Nouriel Roubini, nacido en Estambul, criado en Tel Aviv y Teherán, egresado de la Bocconi de Italia y de Harvard, que además de profesor en la Stern School de la Universidad de Nueva York y de miembro del Comité Asesor Académico del FMI, es el director del RGE Monitor, el sitio web especializado en economía más consultado que existe.
Roubini fundamenta su afirmación en tres elementos. En primer lugar señala que en materia de política exterior Estados Unidos dilapidó su poder al concentrarse excesivamente en la fuerza militar y en un enfoque unilateral en lugar de apoyarse más en la diplomacia y en el multilateralismo, a lo que agrega que si bien sigue siendo la única hiperpotencia militar, las incursiones en Irak y Afganistán no salieron bien y encima acaban de ser humillados por Rusia en el conflicto entre Georgia y Osetia del Sur.
En segundo término dice que además de los errores propios están surgiendo otras potencias económicas y financieras como China, Rusia, la Unión Europea, e incluso India, Brasil e Irán en situación emergente. “Vamos camino hacia un mundo multipolar donde habrá un balance entre varias grandes potencias en lugar de una sola superpotencia”, dice.
Y por último se explaya sobre su especialidad, subrayando como “el elemento más importante la dilapidación del poder económico y financiero provocado por la aplicación de políticas económicas imprudentes, especialmente los déficit fiscal y de cuenta corriente”. Roubini recuerda que las superpotencias que tuvo la historia fueron generalmente prestamistas y acreedores, y no el principal deudor y demandante de financiamiento externo como lo es hoy Estados Unidos. Para peor, apunta que los países que financian los déficit ni siquiera son los aliados y amigos como Europa y Japón, sino los “rivales estratégicos como China y Rusia y los inestables petroestados árabes”, que no sólo prestan sino que además son los principales proveedores de mercadería, lo que conforma una situación de “terror”.
Roubini no es el único que sostiene la teoría del declive. En un artículo publicado hace un mes por el columnista de la agencia Reuters Bernd Debusmann titulado “The fading american superpower” (El apagamiento de la superpotencia americana) se cita un reciente ensayo del conocido historiador Francis Fukuyama en el que afirma que “el dominio del mundo por parte de Estados Unidos se está diluyendo; Rusia y China se ofrecen como modelos, exhibiendo una combinación de autoritarismo y modernización que claramente desafía a la democracia liberal”.
El artículo de Reuters comienza así: “En los Juegos Olímpicos de Beijing China le ganó a Estados Unidos en la competencia por el medallero. En el Cáucaso, Rusia le infligió una humillante derrota sobre Georgia, el principal aliado de Estados Unidos en la región. En casa, la economía de Estados Unidos está en graves problemas”.
Y eso que todavía no se había producido la hecatombe de las últimas dos semanas, que a muchos asombra por su magnitud aunque algunos la habían previsto. Roubini fue uno de ellos, que hace ya meses anticipó que “la recesión ya comenzó, y va a ser espantosa, profunda y severa”. Esa visión terminó de consolidarlo como el economista top del momento.
Pero no fue el único. En la edición de Veintitrés del 16 de agosto del año pasado se citaba a Dean Baker, economista del Centro de Investigaciones en Economía y Política (CEPR, en su sigla inglesa) de Washington, explicar cómo se había formado la burbuja que por esos días comenzaba a estallar. Partía de la base de que en los cien años previos a 1995 el precio de las viviendas se movió muy parejo con la inflación, pero desde entonces se despegó con un alza del 70 por ciento por encima del aumento general de precios. Esa diferencia generó una revalorización de 8 billones de dólares, el equivalente a 30 veces el Producto Bruto Interno de la Argentina o 200 veces la cantidad de reservas del Banco Central (descontado el pago al Club de París). Baker demostraba que no había factores de demanda ni de oferta que pudieran explicar el cambio a partir de 1995, para concluir que “debió ser evidente para los analistas que se trataba de una burbuja”.
La euforia de los precios en alza comenzó a inflar la burbuja mediante una agresiva política de créditos hipotecarios en una primera etapa, a la que siguió otra mucho más agresiva e irresponsable, relajando los requisitos sobre capacidad de repago e incluso de documentación (miles de inmigrantes ilegales recibieron préstamos) para agrandar el negocio. Es lo que se conoce como las hipotecas subprime o de baja calidad. Como los precios siguieron en alza, a los bancos comerciales les resultó fácil vender paquetes de hipotecas a bancos inversores, que en muchos casos los compraban con créditos que obtenían a una tasa más baja que el rendimiento esperado. La burbuja se siguió inflando hasta que explotó.
Los precios de las viviendas se desplomaron algo más de un 20 por ciento, y Roubini no descarta una caída adicional de 30 por ciento. Millones de hogares estadounidenses deben más de lo que vale su vivienda hipotecada. Las ejecuciones se triplicaron en un año. El sistema financiero comenzó a crujir y muchas entidades a tambalear.
Antes del agravamiento, otro economista del mencionado CEPR, Mark Weisbrot, advirtió que “estamos frente a la perspectiva de que millones de personas van a perder sus hogares, sus empleos, sus ahorros de retiro, su seguro de salud y hasta su medio de subsistencia”. Transcurría mayo y sonaba apocalíptico.
Dos meses y medio después ni el menos pesimista (optimistas no hay) descarta escenarios tremendos. El gobierno de George Bush y la Reserva Federal responden como capitán de barco sin brújula. Cuando parecía que con la decisión de dejar caer a Lehman se quería dar una señal de que se ponía un límite a los salvatajes, llegó el turno de la aseguradora American International Group y salió al rescate la Reserva Federal concretando la mayor estatización de la historia contemporánea.
Roubini sigue con su crítica implacable. Horas después de la operación con AIG colgó en su página web un artículo señalando que eso confirma que el gobierno continúa con el sistema de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. “Estamos en USSRA (United Socialist State Republic of America)”, ironiza. En lugar de estatizar compañías quebradas o gastar cientos de miles de millones de dólares en asistencia a las que todavía sobreviven, Roubini dice que habría que atacar el problema de fondo y usar el dinero para comprarles o refinanciarles las hipotecas directamente a los ciudadanos imposibilitados de pagar sus deudas.
Aunque cuesta creerlo, en medio del terremoto con epicentro en Estados Unidos el refugio favorito de muchísimos ahorristas e inversores de todo el mundo siguen siendo los títulos del Tesoro de Estados Unidos, que en las últimas dos semanas han sido tan demandados y su precio ha crecido tanto que el rendimiento es el más bajo de los últimos cincuenta años (cuanto más se paga, menor es la rentabilidad al momento de rescate). Pese a todo hay confianza plena de que el gobierno de Estados Unidos va a pagar esa deuda, y eso se explica pura y exclusivamente por el hecho de que Estados Unidos sigue teniendo el privilegio de ser el único país con la capacidad de emitir una moneda de aceptación mundial. Por ahora, en eso sigue siendo la única potencia. Sin esa facultad, el castillo se desmorona en un instante.
Mientras tanto, la Argentina se puede jactar de estar en una situación infinitamente mejor que, por ejemplo, a fines de 1994, cuando un cimbronazo de muchísima menor intensidad como la crisis del Tequila en México puso en jaque a la economía. A diferencia de entonces, ahora hay superávit fiscal, excedente comercial, gran cantidad de reservas y menores necesidades de financiamiento externo. Pero de ahí a insinuar, como el martes pasado hizo la Presidenta, que mientras el Primer Mundo se derrumba acá no pasa nada, hay una distancia enorme. El país se va a ver indefectiblemente afectado por lo que está ocurriendo, ya sea por mayores dificultades para exportarle a un mundo que crece menos, por la caída en los precios de las materias primas (por consumo más débil y por retiro de inversiones especulativas en commodities), y por el menor y más difícil acceso a financiamiento para los privados y para el Estado.