Por Jorge Belaunzarán
En esa metáfora del agujero negro intentada en el primer acto de la entrega en actos, 1998 fue el horizonte de sucesos que estableció el límite a partir del cual ya nada ni nadie pudo salir del menemismo. Ni siquiera, claro, yéndose a Barcelona, esa solución para los problemas argentinos. A ese año pertenece Libertinaje, disco de un grupo que a partir de la censura del tema Se viene, pasó a ser una especie de símbolo de resistencia. Con la voz de Gustavo Codera, líder de la banda, Bersuit Vergarabat interpretaba:
"Se viene el estallido/ se viene el estallido/ de mi guitarra/ de tu gobierno, también.../ Y si te viene alguna duda/ vení agarrala que está dura/ si esto no es una dictadura/ ¿que es?, ¿que es...?"
En el universo, ese campo separado del agujero negro, había quedado la poética tan sutil como lírica, tan sofisticada como emotiva de los García, Spinetta, Nebbia, Martínez, Abuelo, Prodan, Cerati, Mouras, Solari y demás para referirse a situaciones políticas más duras que el menemismo. Y el mundo, ese espacio de ilusión aún no afectado por agujeros negros cósmicos, se hacía menos agradable, bello y habitable. Regresar, se regresa de todos los lugares. El tema es en qué condiciones.
Y el regreso de 1998 no fue bueno. De hecho, ese año terminó en diciembre de 2001. Una sociedad que confió en De La Rúa-Álvarez una vez que afirmaron que la convertibilidad estaba buena y el uno a uno no se tocaba, no está lo que se dice en su cabales. El rock, que siempre había dado cuenta de ella, tampoco. Tan poco en sus cabales, que ni siquiera podía dar cuenta de ella.
Dada por terminada la fiesta (siempre en forma abrupta y bastante violenta: nadie se quiere ir de ahí) hubo que pagar. El rock fue generoso para salvar el momento. Babasónicos publica Jessico (2001), Charly García regresa triunfal con Influenciaal año siguiente, sin perderles pisada Catupecu Machu edita Cuadros dentro de cuadros, Gustavo Cerati a tono pide cosas imposibles desde Siempre eso hoy, Skay deja en claro que es muchísimo más que el gran guitarrista de Los Redondos con A través del mar de los Sargazos (2002), y unos cuantos más parecen recuperarse de la lobotomía menemista.
Anticipándose a todos, Calamaro, Andrés, con El Salmón, deseo de arreglar todo lo que se había hecho mal, y contar lo que se había escondido de uno mismo. Pagado de sí mismo (o porque en su locura ya no hay acuerdo), Argentina porfió una vez más: si había sobrevivido al 2001 podía sobrevivir a cualquier cosa. Y se puso a clonar Calamaros (Andreces). Entre los más destacados experimentos, Viejas Locas e Intoxicados, ambos liderados por Pity Álvarez, ni tan vieja ni tan loca, atinadamente calificado alguna vez por un oyente de radio. Pero el marketing es así.
Y por si hace falta decirlo una vez más, la miseria sólo engendra más miseria. Así el público se hizo más temerario, y a las bandas menos músicos. Y confundir valentía con temeridad granjea grandes cantidades de dolor. Cromañón es la prueba más palpable.
El rock salió lúcidamente elegante de la larga noche (1976-83), que dirigida a reconfigurar la sociedad, aplastó a una minoría y disciplinó al resto. De lo que resultó la fiesta inolvidable y su resaca, salió magullado (inolvidable para lo que entraron y los que quedaron afuera: si es para todos, no es fiesta). Nunca un gobierno elegido popularmente avasalló historias y sueños, individuos y colectivos, futuros y presentes, cuerpos y cerebros con semejante avidez y desenfreno.
Aquel 30 de diciembre de 2004, un país que había perseguido una estrella fugaz pretendiendo alcanzar la eternidad, se extinguió.