Por Sebastián Catalano
El jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, se puso serio e intentó ser contundente, quizás como nunca antes. “No nos van a parar”, dijo, con los ojos bien abiertos. Fue el jueves 19 de noviembre, y el dardo apuntaba contra Néstor y Cristina Kirchner. A su lado, algunos de sus funcionarios de máxima confianza se ilusionaron con que esas palabras pondrían fin a la “semana trágica” que los estaba pasando por arriba. Fueron los peores días de un gobierno que cumplirá dos años en medio del escándalo de las escuchas telefónicas, de la purga que arrasó con la cúpula de la Policía Metropolitana antes de que ésta vea la luz y de un espacio político que se debate entre la aspiración de su líder de ser presidente en 2011 y los cachetazos con los que la realpolitik hace tambalear sus planes para gestionar una ciudad con 3 millones de habitantes. A pocos metros, en el mismo salón de la sede del gobierno porteño, un ministro tuvo el impulso de agarrarse la cabeza. “¿Por qué no admitió el error de haber contratado a Jorge “Fino” Palacios y su troupe? ¿Por qué no dijo, además, que va a ser el próximo presidente y que él, en persona, va ser el encargado de correr a los “K” de la Rosada?”, pensó el funcionario mientras entretenía las manos aplaudiendo. A pocos metros, en la Legislatura porteña varios se frotaban las manos pensando que se terminó la “era de los gerentes” y que ahora sí, por fin, será el tiempo de hacer política, de meter los pies en el barro. Lo dice otro de los asistentes a la conferencia de prensa que pide off the record guiñando un ojo: “En algún momento te chocás con la política, el gerenciamiento tiene un límite”.
En PRO están seguros de que, después de todo, el affaire de las escuchas no hará mella en la imagen de Mauricio. Algunas encuestas no dicen lo mismo. Según Management & Fit, por caso, un 19,1 por ciento de la gente cree que el culpable del espionaje es Macri; para un 18,3 la culpa es del Gobierno nacional; y 30,3 opina que ambos son responsables. El 56,5 por ciento de los encuestados desaprueba la actual gestión porteña.
Pocas horas antes de sentarse con cara de malo para contestar a los “K”, Macri estaba en el aire. Viajó a España a sacarse una foto con el rey Juan Carlos, reunirse con Mariano Rajoy, del PP, y no mucho más. Pero la “semana trágica” había empezado unos días antes. El miércoles 11 balearon a su cuñado, Néstor Leonardo, esposo de Sandra Macri, en un confuso episodio. Leonardo fue uno de los escuchados ilegalmente por Ciro James, el espía detenido por el juez Norberto Oyarbide que desató el escándalo de las escuchas. Después llegaron las noticias de que el propio Horacio Rodríguez Larreta, segundo de Macri y otros legisladores también eran espiados, la detención de Palacios, la expulsión de la fuerza del comisario Osvaldo Chamorro —segundo de Palacios—, y la interpelación en la legislatura porteña de Guillermo Montenegro, el ministro de Justicia y Seguridad.
“Fue una semana complicada”, reconoce Enzo Pagani, diputado porteño PRO de extracción lopezmurphysta. “Fue el embate más fuerte del Gobierno nacional contra la Ciudad. Acusamos el impacto de algo que se terminó reconocimiento como un error”. “¿Cómo no vamos a poder contestar quién trajo a Ciro James? ¿Nadie le dijo a Macri que levante el teléfono y llame a Sergio Burstein?”, se enoja otro legislador de PRO que, con el mismo énfasis, pide reserva de identidad. Como sea, Macri asegura que la nueva policía estará en funcionamiento el 15 de diciembre, con Eugenio Burzaco a la cabeza.
En Bolívar 1 están convencidos de que los cambios que llevan adelante son tan trascendentales que van a tardar un tiempo en notarse. Hablan de estrategias, cuentan las veces que se reúnen para forjar la “nueva política”, exhiben cientos de encuestas… y juran que no pensaban que el Gobierno nacional los iba a complicar tanto. Desde el otro lado de la Plaza de Mayo, no dudan: el momento que vive la Ciudad es fruto de la inexperiencia de los que la gobiernan. Así lo asegura cada vez que puede el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández.
“Llegamos hace dos años con un plan, pero había $ 800 millones de deuda que no estaban registrados. Subestimamos lo que era esto. Tendríamos que haber pensado distinto”, reconoce el ministro de Hacienda, Néstor Grindetti, para muchos “el más político de los técnicos de Macri”. Grindetti conoce a su jefe desde hace más de 30 años y es uno de sus hombres de más confianza. Tiene experiencia y sabe que echarle la culpa de todo el Gobierno nacional suena a excusa. Da vueltas, pero no encuentra otra explicación. “Jamás pensé que nos iba a poner tantos palos en la rueda. No lo pienso desde lo naif, sino desde la política”, afirma.
Macri premia y castiga. Él mismo lo dijo en la campaña, hace dos años, cuando prometió que iba a hacer un balance de gestión a la mitad de su mandato. Por eso, hay varios que ya están pensando en vaciar sus oficinas. En principio serían Mariano Nadorowski y Juan Pablo Piccardo. Nadorowski, al frente de Educación, resultó el empleador de Ciro James y el encargado de negociar —con éxito escaso— con el gremio docente. Piccardo está al frente de Ambiente y Espacio Público. Ex director de la cervecera Isenbeck, es uno de los “gerentes” del gabinete que dirá adiós. “Todavía no hay nada definido”, dice Piccardo, quien parece no saber lo que todos saben. “Tengo el ministerio con los mejores resultados. Los rumores pueden tener que ver con un cambio de enfoque en la gestión o darle lugar a alguien que deja de ser legislador”. Es cierto, todo indica que Piccardo será reemplazado por Diego Santilli, actual presidente de la legislatura porteña y uno de los políticos que arriban para “peronizar” el gabinete. En lugar de Nadorowski podría llegar Esteban Bullrich, y otros de los que podrían irse son Jorge Lemus, de Salud, y el hasta ahora archiconfirmado Montenegro.
Los que se van deben tener un boletín con muchos rojos. Hace algunos meses, agobiado quizás por eso que repite Aníbal Fernández sobre que es un vago, Macri reunió a sus ministros y les dijo que quería volumen de trabajo. Mucho. “Con cuatro aprueban”, les avisó: de cada diez proyectos anunciados, cuatro tenían que funcionar bien. Un estándar bajo, si se quiere. La estrategia funcionó hasta semanas antes de que Ciro James saltara a la tapa de los diarios. A partir de ese momento todo gira en torno a tres temas: seguridad, pobreza y tránsito. Otra vez, por pedido de las encuestas.
Como parte de una suerte de aprendizaje in situ de gobernar y hacer política, Piccardo cree que tanto él como sus colegas subestimaron la capacidad de lograr consensos, de involucrar a distintos actores en diferentes temas para consensuar políticas de largo plazo. A él le pasó, por ejemplo, con el manejo de los residuos de la Ciudad. Piccardo tiene en su haber una política antibaches que define como muy exitosa y la inversión en plazas. En su debe está la creación de la Unidad de Control del Espacio Público (UCEP), el ente que para muchos funcionó como una patota que “limpiaba” gente de los espacios públicos a los golpes. Como sea, cuando deje el ministerio será uno de los encargados de trabajar full time en el proyecto “Mauricio 2011”.
“No sé si son buena gente o no, pero son muy inocentes. ¿Cómo vas a pedirle a tus empleados que firmen un petitorio para que no te vayas?”, asegura un legislador porteño de PRO, entre risas. Es que Piccardo le habría pedido a la gente de su ministerio que firmara en pos de su continuidad. Cuando Newsweek salía de su despacho, luego de entrevistarlo, una indiscreta puerta abierta mostró un festejo en la habitación contigua. “¿Es el cumpleaños del ministro?”, preguntó esta revista. “No, de él no. Debe ser de otro empleado… o será la despedida”, dijo lacónico, en las escaleras, un empleado.
En la Jefatura de Gobierno hay un ranking no escrito de “metidas de pata” de los “gerentes” de Macri. Recuerdan, por ejemplo, la argumentación del propio Piccardo, quien esgrimía que los cartoneros iban a poder “correr por izquierda” a Greenpeace en la discusión de la basura, o la vez que el titular del Instituto de la Vivienda y ex director de IRSA y el Banco Hipotecario, Roberto Apelbaum, fue a la Legislatura y no pudo responder preguntas muy básicas de su área. La designación de Guillermo Dietrich, hijo del dueño de una de las concesionarias de autos más grandes de la Capital, como Subsecretario de Trasporte, levantó suspicacias y sonrisas.
Uno de los “gerentes” que se quedan es Francisco Cabrera. Ex CEO de La Nación y ejecutivo del banco HSBC, el titular del Ministerio de Desarrollo Económico asegura que lograron armar un buen equipo de profesionales que usa herramientas innovadoras, como reuniones permanentes y un “tablero de control” para seguir los temas.
Pero tiene una autocrítica: la comunicación. “Comunicamos mal. Somos reactivos respecto de la agenda política. Y es algo que tenemos que corregir en estos dos años”. Cabrera, que entre sus funciones controla la estructura para las inversiones privadas, el Distrito Tecnológico en Parque Patricios y los planes para emprendedores, también reconoce que se equivocó con respecto a la percepción de la relación con el Gobierno nacional. “Algunos porteños entienden que estuvo bien considerar parte del plan esos fondos que nunca llegaron, otros creen que hay que buscar alternativas y no quejarse. Empezamos quejándonos y ahora vemos alternativas”, dice.
Macri llegó al gobierno con la promesa de que iba “a estar bueno Buenos Aires” y enarbolando la bandera de la eficacia. El traspaso al estado de la cultura empresarial que tanto éxito dio a su familia en el mundo de los negocios y a él como presidente de Boca Juniors. Dos años después, el jefe de Gobierno hace un balance positivo de su gestión y va por más.
Aníbal Ibarra es una suerte de archienemigo macrista que tuvo que dejar el cargo que hoy ocupa Mauricio luego de la tragedia de Cromañón. Hoy, fustiga desde la Legislatura. “Es un mito eso de que porque vienen del sector privado administran bien la plata, porque hacen cosas con la plata del ciudadano que no harían con sus empresas”, dispara. El diputado afirma que su ex colega desprecia lo público y que su plan se resume de la siguiente manera: “Sacarle a las escuelas, que sólo lo nota la comunidad educativa, y poner el dinero en baldosas”. Fabián Perechodnik, de la consultora Poliarquía, no cree en la estrategia de traspaso de lo privado a lo público, aunque dice que tratan de trabajar con estándares propios del sector empresarial, en términos de mediciones e indicadores.
Más allá de las críticas, para muchos de los ministros y colaboradores de Macri gobernar no fue lo que esperaban. “El gabinete tenía poca experiencia de gobierno y el desafío era ver si se podían llegar a acuerdos. Pero del otro lado eligieron a Mauricio como enemigo. No nos permitieron hacer”, asegura Cristian Ritondo, flamante titular del bloque PRO en la Legislatura porteña.
“La verdad es que muy pocos de nuestros ministros se imaginaban a lo que venían, y la mayoría deben estar más preocupados que satisfechos. El tema Palacio, como ejemplo emblemático, demostró ingenuidad, falta de experiencia y criterio para ir a fondo con algunos temas”, admite otro legislador nacional de PRO. Un colega suyo, de la cámara porteña, va más allá: “Muchos de los que llegaron ni sabían que iban a ser ministros”.
“Era lo que pensaba. Gobernar una ciudad es como soñar… pero está la burocracia, que multiplica los tiempos por diez”, dice, poético, el casi ido Piccardo. “Repetir lo de la burocracia suena divino, pero es un error. Es obvio: estás gobernando y hay burocracia. Si te tirás al agua, nadá”, refuta su colega Cabrera, para quien una de las mayores diferencias entre la actividad pública y la privada es el áspero vínculo con los equipos de trabajo. “En lo público, los que no funcionan son parte de un esquema político con el que seguís trabajando, aunque lo eches. Hay que ser sutil y ambiguo”, reflexiona.
Macri 2011, sí. Pero ¿dónde? Si bien el jefe de Gobierno dijo que quiere ser presidente, muchos de su espacio político consideran que tiene que consolidar posiciones en la Capital y olvidarse, al menos por otros cuatro años, del Sillón de Rivadavia. Mientras tanto, la interna en PRO arde. La llegada de Santilli al gabinete y el perfil subterráneo de Gabriela Michetti de estos días hacen que muchos presagien una interna Rodríguez Larreta-Santilli de cara a la continuidad porteña. Pero hay algunos problemas. Por un lado, Gabriela es muchísimo más popular que cualquiera de los dos hombres. Les gana por lejos en cualquier sondeo, y se sabe que Mauricio y su círculo áurico van para donde dicen las encuestas. “Si mide, va ella”, reconocen a metros de lo que fue el despacho de Michetti en la Legislatura porteña. “Que no haya más ‘gabrielistas’ no significa que no haya más Gabriela”, aclara la misma fuente. Pero con Montenegro, hombre de Michetti, siempre a un paso de salir y con ella misma fuera de la órbita porteña, muchos creen que sus chances se achican. Una de las condiciones para que aceptara presentarse como candidata a diputada fue que la conducción del bloque PRO fuera para uno de sus hombres. Estaba acordado, pero no. Ahora el jefe del bloque va a ser el peronista-PRO Ritondo y el vicepresidente segundo de la cámara
—número 1 cuando Mauricio viaje— será Oscar Moscariello.
Llegado el caso, muchos se preguntan quiénes serían los cuadros y funcionarios de un eventual gobierno michettista. Por ahora, no hay respuestas. Uno de los máximos reproches que Macri hace a su compañera de fórmula es su baja predisposición —o interés— para el armado político propio. Los macristas definen el partido como un esquema aún en formación en el que predominan los personalismos, las figuras. Sin un “aparato” nacional, en realidad. Y en voz muy baja, varios envidian a dirigentes del estilo de Adrián Pérez, el diputado nacional de la Coalición Cívica que está armando el partido en la Capital. O sea, un político joven, inteligente, rápido y de clase media sin carnet del Jockey Club. Pérez se ríe, pero acepta los elogios. “Se puede valorar positivamente a dirigentes de otros partidos. Con Federico Pinedo o Michetti, por ejemplo, tengo visiones encontradas, pero me parecen personas correctas con las que se puede dialogar”, asevera. Como lo cortés no quita lo valiente, también les pega: “En la Ciudad no cumplieron. No hicieron más subtes, no mejoraron los hospitales ni sus sistemas de compras. Son ineficientes e improvisados”, afirma Pérez, para quien PRO también se equivocó al plantear una policía propia con el 70 por ciento de efectivos de la Federal e importando sus internas.
“Macri puede ser presidente, pero hoy no está trabajando para eso. Está en la Ciudad, pregunta todos los días por los números y hay que aguantarlo”, asegura Grindetti.
Otra de las espadas macristas toma una servilleta y esboza el mapa electoral para 2011. Por un lado, la UCR, el socialismo y Cobos. En este armado, “Lilita” va por afuera del Acuerdo Cívico y Social. Además, está el PJ, unido o desunido. Y ellos. “Los peronistas gobiernan desde hace 20 años. Por derecha, con Menem; por izquierda, con Kirchner; y por el centro con Duhalde. Los radicales se van antes. ¿No es momento de que venga alguien nuevo, con un espacio en el que confluyan todos los sectores? Los políticos con mejor imagen son Cobos, Mauricio, Francisco y Gabriela. ¿Cómo no se va poder armar una fuerza con tres de las cuatro mejores imágenes?”, se pregunta el arquitecto de servilletas. En el mundo de las encuestas, las multireuniones y los tableros de control es posible, pero Macri y su gente ya saben que con eso no alcanza. Por más PRO que sea.
Con Cristian H. Savio.