“La Ley de Servicios Audiovisuales protege la difusión de la música hecha en nuestro país. La ley de la dictadura era nefasta y
por SEBAsTIán feijoo
sfeijoo@miradasalsur.com
Su carácter incansable y su voz por momento ampulosa sugieren una personalidad sin fisuras. También su pasado, presente y futuro de militante, de una integridad que parece capaz de resistir cualquier archivo. Durante los últimos 30 años, Teresa Parodi construyó un aporte singularmente valioso al cancionero popular argentino. Pero un encuentro personal con ella permite descubrir valores agregados. Sus palabras –siempre endulzadas con un tono correntino que no retrocede– exhiben una madurez puesta en marcha y entendida de la mejor manera. Corazón de Pájaro, su flamante álbum, reúne canciones propias y otras que no le pertenecen pero hace suyas con el acento más que nunca puesto en la interpretación, los silencios y la profundidad. De alguna manera, Parodi se permite salir de la geografía litoraleña para seguir reencontrándose consigo misma. El recorrido de Corazón de Pájaro se articula entre siete canciones de diversos autores y siete de Parodi. Dentro del primer grupo, se destacan Primera soledad (Tejada Gómez y Hugo Figueroa), con ese fraseo descarnado, “¿cómo me voy a morir sin que mi madre me vea?”; la apasionada Me gusta Jujuy cuando llueve (Víctor Yunes Castillo y Miguel Lacopetti, pero popularizada por Tomás Lipán); el sabor rural indeleble de Tú que puedes, vuélvete (Atahualpa Yupanqui); e incluso la versión de Soledad (Jorge Drexler), que logra quitarle la pátina gélida de la original y le hace más justicia a una composición de gran lucidez. Entre el material firmado por Parodi, saca algún cuerpo de ventaja la conmovedora Tarumba, que con exquisitez reseña los muros que todavía siguen en pie y reflexiona: “Ningún niño nace feo, ni nace malo”; Paloma, palomita, una canción redonda que se refiere a la patria sin nombrarla; y la tristísima e hipnótica Para toda la vida. Pero el disco no muestra fisuras y se despliega con una notable cohesión entre el material propio y ajeno.
Parodi nunca descansa. A la grabación del disco, su producción y la reciente gira por Israel, le suma su trabajo de todos los días en Sadaic, donde lucha por los derechos de los autores y para defender un patrimonio cultural a menudo atacado por el desinterés y la desidia, y también su rol como directora del Espacio Cultural Nuestros Hijos (Ecunhi), esa histórica recuperación que hizo realidad la Fundación Madres de Plaza de Mayo en la misma Escuela Mecánica de la Armada (Esma). “Es un compromiso indelegable y una reparación única: los hijos están dando luz en la Esma”, confiesa emocionada la cantautora.
Teresa Parodi es todo eso junto y mucho más. En diálogo exclusivo con Miradas al Sur, repasó los pormenores de su nuevo disco que presentará oficialmente este viernes y sábado en el Teatro Metropolitan (Corrientes 1343), recordó a Mercedes Sosa, contó sus impresiones sobre su poco conocida gira con Astor Piazzolla y analizó el presente de una Argentina que la apasiona y compromete más que nunca.
–Corazón de Pájaro parece más que nunca un disco dedicado a la Teresa Parodi intérprete. ¿Cómo surgió la idea?
–Se trata de un disco que yo quería grabar hace mucho tiempo. Lo venía postergando por diversos motivos, pero esta vez encontré el momento exacto. Tenía la idea muy clara y antes de empezar se la conté a la gente de la compañía, a Marcelo Perea (el productor artístico) y a todos los músicos y arregladores. Les pedí sonidos claros, silencios y climas. Grabamos el disco en prácticamente tres días. Es casi un álbum en vivo, pero grabado en estudio. Eso nos permitió respirar una atmósfera muy especial. Y el hecho de contar con Jorge Portugués Da Silva en la consola nos dio una respaldo único para trabajar con tranquilidad. El disco fue minuciosamente pensado. Incluso la tapa, una pintura del ecuatoriano Oswaldo Guayasamín, ya la tenía decidida desde hace tiempo. Se llama El guitarrista y muestra a un hombre inclinado, casi doblado, como escuchando el sonido de su instrumento y corazón.
–El disco tiene un espíritu yupanquiano. Es decir, mucha profundidad, silencios, pocos instrumentos, orquestaciones bellas, pero mínimas...
–Exactamente. Era una de las ideas fuerza del disco. A los músicos les pedí mucho minimalismo, mucha austeridad y sonidos puros. Por eso el contrabajo, la guitarra de concierto, el piano... Quería algo totalmente alejado de lo globalizado. Buscamos –y creo que encontramos– un sonido argentino. Considero que los que hacemos música en nuestro país tenemos muchas obligaciones y una de ellas es sostener este sonido pase lo que pase.
–Generalmente cuando se habla de identidad en nuestra música no se menciona el tema del sonido.
–Yo creo que ese sonido existe, va más allá del género y hay que luchar para no perderlo. Yupanqui era el sonido argentino, las guitarras de Gardel también lo eran… No me refiero a lo antiguo. Es más bien un concepto, una cultura filosófica, una mirada, una forma de decir la música argentina que yo quiero afirmar. Hoy en día mandan la parafernalia, el volumen extremo. Yo vi un concierto de Yupanqui en Cosquín y no me lo olvido más. Era él solo en ese inmenso escenario. Y la gente ni parpadeaba. No critico los climas más festivos, pero creo que también hay que recuperar la intimidad, aquella magia.
–En el disco te diste lugar para incorporar muchas canciones de otros autores y otras geografías. ¿Cómo fuiste ideando el repertorio?
–Era una necesidad. Cuando era chica cantaba canciones de lo más diversas. Atahualpa Yupanqui, Alfredo Zitarrosa, Manuel Castilla, Ariel Ramírez, Tránsito Cocomarola: de todo. Cantábamos la música argentina, no nos encasillábamos. Y yo también, como autora, siempre compuse de todo, pero nunca lo mostré. Por eso en este disco aparecen dos zambas, un huayno y canciones que son de mi autoría. Era el momento para mostrar todo esto porque yo misma abría la puerta y quería disfrutarlo. También quería sumar varias canciones de otros autores y otras geografías. ¿Sabés cómo aprendés a componer cantando la canción de otro? La belleza, los matices, de Yupanqui, María Elena Walsh, Jorge Fandermole o Armando Tejada Gómez, por ejemplo, enriquece, te abren la cabeza.
–Mariana Baraj participa como invitada en Tarumba, Romance de infancia y barrio y Paloma, palomita. ¿Qué sentiste que le podía aportar a esas canciones?
–A Mariana la conozco desde hace años y la quiero mucho. En algún momento fue parte de mi banda, como percusionista. Me gusta mucho lo que está haciendo, cómo ha encontrado su lugar, cómo ha desarrollado su arte: tiene un lenguaje hermoso en todos los sentidos. Creo que es una artista formidable de las que hay que destacar y cuidar para que se proyecte. Además, me la imaginaba en esas canciones. Estoy muy orgullosa de Mariana como cantante, percusionista y compositora. Los más grandes nos podemos poner orgullosos de las nuevas generaciones. Hay un montón que cantan pavadas, pero algunos vinieron para quedarse. Por más que les den poco espacio. Como Mariana, Orozco-Barrientos y María de los Ángeles Ledesma, entre muchos otros, claro.
–Hay varios músicos jóvenes muy valiosos. Pero generalmente no acceden a la televisión y la radio. De alguna manera, la gente tiene que salir a buscarlos.
–Tal cual. Una vez le dije eso al público: “Empecemos a buscar a nuestros artistas. Miremos, escuchemos, indaguemos, vayamos a los reductos chiquititos donde se juntan. ¡Qué sorpresa se van a llevar! No todo es televisión y radio”. Yo estoy muy feliz con esta camada. Ya está. Es una realidad. Por eso también es importante una nueva ley. Entre otras cosas, nos permitiría crear al Instituto Nacional de la Música y a partir de esa estructura darles más respaldo a los músicos de trayectoria, pero sobre todo un empujón muy importante a los más nuevos. El instituto fomentaría la actividad, generaría subsidios, se preocuparía porque los músicos puedan estudiar, desarrollarse... De alguna manera, funcionaría como el Instituto Nacional de Cine o el de Teatro. ¿Cómo la Argentina se va a dar el lujo de perder estas generaciones de artistas tan valiosos? Sería una ley federal y desde Sadaic seguimos trabajando para que se sancione.
–Hablando de legislación, tomaste una actitud muy decidida de apoyo a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.
–Claro. Se trataba de una ley imperdible, urgente, necesaria para todos los argentinos. También protege la difusión de la música hecha en nuestro país y eso es muy bueno. La ley de la dictadura era nefasta y permitió una concentración de medios insostenible. Lo que no deja de llamarme la atención fue el feroz ataque que recibió la ley. La nueva normativa garantiza la libertad de prensa y le pone límites a la concentración. La libertad se tapa cuando hay pocos emisores de noticias y operan bajo intereses comerciales. ¿Y todos los temas que se esconden deliberadamente? Cuanta más diversificación, más y mejor información. Creo que el saldo de esta gran pelea es más que positivo. La ley lo es y también que muchos personajes quedaran expuestos como lobbystas.
–Por estos días también se habla de inseguridad, pero prima una visión muy parcial de esa problemática.
–Sí. Es una problemática muy compleja y se la toma con mucha liviandad. De alguna manera, ese tema lo toco en la canción Tarumba. “Ningún niño nace feo, ni nace malo”, dice. También habla de los muros que separan gente por su condición social. Todos queremos justicia. Pero la única forma de conseguirla en serio es construir una patria cada vez más igualitaria. Sin “tanto negrito pobre de ojitos tristes”, como también dice la canción.
–Editaste un disco, lo vas a presentar en vivo, venís de una gira por Israel, trabajás todos los días en Sadaic y en Ecunhi. ¿Cómo te hacés tiempo para todo?
–Porque hago todo junto. Como hice siempre en mi vida. Fui madre múltiple y cantora popular; cocinaba y componía canciones; ayudaba a los chicos con los deberes y seguía componiendo. Entonces mis canciones, cantar, Sadaic y el Ecunhi, son parte de la misma persona. Yo no hago trabajo de oficina. Llevo mi forma de ser a todos lados.
–¿Se puede decir que tu vida es la de una militante?
–Si lo entendemos como mirar el mundo y actuar con las convicciones que asumí desde muy chica, sí: mi vida es la de una militante. Entiendo que la Argentina tiene una riqueza cultural enorme y quiero defender eso. Estoy más convencida que nunca. Desde los 19 años, cuando fui maestra rural, me paré en un el país profundo y siempre ninguneado. Sigo defendiéndolo y no puedo hacer nada a medias.