Nicolás Tereschuk
Con la inminente llegada del 2010, la idea de la planificación para el desarrollo vuelve a rondar la arena pública en la Argentina. La reconstrucción de un horizonte, de una idea de país posible para la felicidad de las mayorías, para la “grandeza de la Nación” es una idea deseable, necesaria y que, es cierto, en un país acostumbrado a las batallas cotidianas, todavía es una cuenta pendiente del proceso democrático iniciado en 1983.
Quizás el paso necesario de otorgar una asignación por hijo a todos los desocupados y trabajadores precarizados pueda constituir un punto de partida para pensar con amplitud y sin prejuicios acerca de cuál es la mejor forma de proyectar a la Argentina hacia el futuro. Sin ese mínimo presente de dignidad y de derechos para los hijos de esta patria, es difícil creer que un país pueda encaminarse hacia el desarrollo.
Se requiere además visión y sentido político para que distintas medidas, aun las más acertadas, comiencen a ser entendidas como parte de un proyecto de país más o menos inteligible.
En el actual contexto, alguien que se postula como experto en planes de desarrollo es el ex senador Rodolfo Terragno, con la incipiente difusión de su Programa “10-16”. ¿El contexto? Uno en el que el radicalismo realmente existente pretende acechar el poder junto con un aliado histórico: el ex presidente Eduardo Duhalde, ahora –en el lenguaje irónico de los políticos– un poco más alto, un poco más rubio y con el color de sus ojos algo más claro.
Terragno parte de un diagnóstico, al menos, discutible. Según él, todo parece estar mal en la Argentina. Sobre la base de datos del Índice de Desarrollo Humano del PNUD 2008, nos señala que el país tiene peores indicadores que Lituania, Libia, Brunei o Chipre. Claro que omite señalar que, según el mismo organismo, la Argentina posee un índice de desarrollo humano “alto”, el mayor de la región, por encima de Chile, Uruguay, Cuba, México y Brasil.
Así, la esperanza de vida es más alta que en Brasil y que en varios países del Este europeo. El nivel de gasto en salud per cápita es más alto que Corea del Sur. Y Terragno se olvida de afirmar que de 108 países en desarrollo la Argentina está en el cuarto lugar, en el llamado Índice de Pobreza Humana.
En cuanto a las propuestas, el ex jefe de Gabinete parece buscar una refundación del mito desarrollista al suplantar algunas instituciones por otras: el Consejo Económico y Social pasa a ser suplantado por un consejo de la competitividad, el ciclo básico común (CBC) de la UBA por exámenes de ingreso, los planes sociales por tarjetas que emulen al Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria de los Estados Unidos, la actual “permisividad” que permite el consumo de “marihuana” (sic) por una “fuerte exigencia académica” en las aulas, el “ecologismo salvaje” (sic) por el “desarrollo sustentable”.
El método de Terragno es simple: siempre hay un país que lo hace mejor que la Argentina, de cualquier continente. La Argentina hace las cosas mal. Peor que todos. En las últimas décadas, no ha habido ningún avance a la vista. Para salir de esta situación, tan sólo hay que hacer las cosas bien. Tampoco queda bien claro cómo. Más bien, como diría Duhalde, hay que “coincidir en cuatro o cinco temas para elaborar políticas de Estado”.
Es curioso, pero el enfoque del planteo es como opuesto al enfoque que siempre ha utilizado otro intelectual alineado con el radicalismo, Juan Sourrouille, ciertamente un experto en planificación. De esa forma, si el “plan” de Terragno parte de la base de una especie de consenso sin actores, Sourrouille siempre presupuso que la Argentina es un país con determinados conflictos latentes, estructurales, que deben ser integrados a cualquier análisis de la realidad.
El debate sobre la necesidad de un “plan” está abierto. El Bicentenario será momento de balances y proyecciones. Pero en todos los casos habrá que entender que las políticas son impulsadas por sectores sociales o políticos determinados. O coaliciones de ellos. Y que no existen las políticas buenas de por sí, desprovistas de intereses, que contrasten con los retrocesos del pasado.
Preguntarse acerca de quiénes estarán dispuestos a sustentar políticamente un plan de desarrollo o qué actores políticos y sociales se opondrán a las acciones a implementarse es un ejercicio tan necesario como pergeñar el mejor compendio posible de soluciones a los problemas argentinos.
Nicolás Tereschuk
Politólogo