Rosendo Fraga
En las últimas semanas, el rol del ex presidente eduardo Duhalde fue centro de comentarios y actitudes políticas. Hasta ahora, el ex gobernador bonaerense nunca logró ser presidente electo por el voto popular. En 1995 tuvo que postergar sus aspiraciones por la reelección de Carlos Menem. Cuatro años después, perdió por 10 puntos frente a Fernando de la Rúa. En 2002 llegó a la presidencia electo por el Congreso en aplicación de la ley de acefalía, y en 2003, cuando muchos pensaban que terminaría siendo el candidato oficialista, la muerte de dos piqueteros en el Puente Avellaneda lo llevó a anticipar la entrega del poder y renunciar a su candidatura. El resultado electoral de abril de 2003 mostró que si hubiera sido candidato, posiblemente le hubiera ganado a Menem en una segunda vuelta, como sucedió con Kirchner. La acción política del ex presidente parece tener hoy tres ámbitos. El primero es la conducción del peronismo. Aunque resulte paradójico, hasta ahora no le fue tan bien. Pretendió ser una suerte de director técnico, pero enfrenta a dos jugadores, díscolos y estrellas, que no responden a su dirección, porque creen que ganaron el 28 de junio por mérito propio: Carlos Reutemann y Francisco de Narváez.
El segundo ámbito es su candidatura presidencial, presentada como alternativa a la de Néstor Kirchner, pero que hasta ahora no tuvo apoyo significativo entre gobernadores, intendentes y legisladores.
El tercero es el sector multipartidario, donde está trabajando sin estridencias pero con mucha constancia.
En octubre de 2001, ocho años atrás, fue electo senador nacional por la Provincia de Buenos Aires, en la misma elección en que también ingresó a la Cámara Alta Raúl Alfonsín, segundo en aquel acto eleccionario.
El eje gestado entre ambos políticos jugó un rol decisivo en la caída de De la Rúa y en la articulación de la salida política posterior, en la cual el entonces senador justicialista pasó a ocupar la presidencia de la Nación con el voto favorable de los legisladores radicales.
Entonces, Duhalde intentó armar un Gabinete de unidad nacional justicialista-radical, logrando la designación de Horacio Jaunarena en Defensa y Jorge Vanossi en Justicia.
Hoy, Alfonsín no está. Pero Rodolfo Terragno, con su Plan Bicentenario (un proyecto de gobierno para el largo plazo), es el nuevo socio elegido por Duhalde para gestar un acuerdo entre las dos fuerzas principales que sea una versión local de los Pactos de la Moncloa de España, que permitieron la eficaz transición en ese país en los sucesivos gobiernos de Adolfo Suárez, Felipe González y José María Aznar.
Este acuerdo serviría de base de sustentación política para el próximo presidente, sea éste Cobos, Reutemann, Macri o el mismo Duhalde, si fuera el caso.
En esta misma línea de pensamiento asegura estar el vicepresidente de la Nación, con quien el ex presidente dialogó más de una vez en los últimos meses. Cobos parece ser conciente de que el no-peronismo no puede cometer el mismo error que la Alianza, de pretender gobernar sin el justicialismo, cuando esta fuerza tiene —y tendrá— el control de la mayoría en ambas Cámaras, de los gobernadores, intendentes del Gran Buenos Aires y de los sindicatos.
Duhalde y Cobos coinciden así en la necesidad de un acuerdo y un eventual Gobierno conjunto o bipartidario.
Esto explica por qué Elisa Carrió, en su reciente reaparición política, excluyó a Cobos dentro de sus posibles candidatos, argumentando sus relaciones con el ex presidente justicialista. En este contexto, una posible candidatura presidencial de Duhalde no es segura y hoy los sondeos lo muestran con baja intención de voto.
Pero su muestra de voluntad política, aprovechando que Carlos Reutemann —quien paradójicamente hace un par de meses invitó en público al ex presidente a que presentara su candidatura— demora postularse y tuvo un traspié electoral, puede permitirle a Duhalde transformarse en el referente nacional del peronismo antikirchnerista, hasta ahora disperso y dividido, pero expectante.
Mientras tanto, cabe preguntarse si la estrategia real de Kirchner es ganar en 2011 o, asumiendo que perderá, crear las condiciones para el fracaso de su sucesor, pudiendo así retornar en 2015 y asumiendo mientras tanto el liderazgo de la oposición.
La oposición intenta revitalizarse, y lo mismo está sucediendo con la actitud crítica del campo, la industria y los medios de comunicación. Los partidos opositores reclamaron controlar el 60 por ciento de las comisiones del Congreso, dado el número de legisladores que tendrán a partir del 10 de diciembre. En la UCR se busca la unidad, pero la puja entre Oscar Aguad y Raúl Alfonsín por la presidencia del bloque de diputados del partido muestra que no resulta fácil. PRO, por su parte, parece expectante, esperando que definiciones de los partidos mayoritarios le den claridad para desarrollar su estrategia nacional. Cobos anunció su retorno al partido radical, en momentos en que dentro del mismo surgen diferencias por la reforma política que podría favorecer a la UCR, al permitir una revitalización del bipartidismo.
El oficialismo, por su parte, parece concentrarse en retener el poder de comisiones claves, como las de Presupuesto y Hacienda y Asuntos Constitucionales y la presidencia de la Cámara de Diputados, junto con la presidencia provisional del Senado.
En conclusión, en el PJ, Duhalde, tras no tener demasiado éxito con el anuncio de su candidatura presidencial, ahora la transforma en búsqueda de la presidencia del partido, intentando al mismo tiempo profundizar su aproximación al radicalismo a través de Terragno y Alfonsín para generar la gobernabilidad necesaria para el próximo presidente, que bien podría enfrentar a Kirchner como jefe de la oposición. n
* Rosendo Fraga es director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.