Mario Rapoport
El “lunes negro” del 19 de octubre de 1987 la Bolsa de Nueva York experimentó su mayor caída desde 1929, al disminuir el índice Dow Jones un 22,6% en un solo día, luego de una seguidilla de bajas menores y de un fuerte derrumbe de la plaza londinense que repercutió en los mercados mundiales. Las causas de esta caída aún se debaten.
Según Kindleberger, en 1987 estalló la burbuja iniciada en 1982. Por un lado, porque gracias al vigoroso crecimiento económico de las economías desarrolladas, las principales Bolsas del mundo vivieron cinco años de euforia con un alza continua del valor de los títulos, lo que debía tener en algún momento un aterrizaje esperado. Por otro, porque la afluencia de capitales atraídos por las elevadas tasas de interés no sólo infló las Bolsas sino que también lanzó un boom en el mercado de viviendas de lujo y edificios de oficinas, cuyos valores se fueron por las nubes.
Entre los factores de esta crisis, se mencionan, asimismo, la caída de los precios del petróleo –que pasaron de 28 a 10 dólares el barril a principios de 1986, para luego estabilizarse en 18– precipitando la quiebra de muchos bancos texanos; el anuncio de las pérdidas de Citicorp, las mayores de su historia, por su exposición a la deuda latinoamericana en default, y la especulación contra el dólar, debilitado por los déficits gemelos de la era Reagan. Otras razones de esta caída espectacular serían la excesiva valorización de los activos –la expresión “bajó porque antes subió” no es elegante pero sí válida en estos mercados volátiles– y el desarrollo de la informática, cambio tecnológico que algunos consideran relevante para explicar este crac.
El llamado “Big Bang” thatcheriano, proceso de desregulación iniciado en la Bolsa de Londres en 1986 y posteriormente adoptado en casi todo el mundo, tendría asimismo su cuota de responsabilidad ya que por alentar la formación de bancos esta reforma habría contribuido a alimentar el fuego de la crisis: la supresión de los controles de cambio, la eliminación de las comisiones fijas pagadas en la compraventa de acciones, la apertura de la Bolsa a compañías extranjeras, la flexibilización de las regulaciones, y la supresión de la estricta separación entre los distintos roles de los actores del mercado.
Pero los orígenes del crac no fueron sólo financieros. Existieron también causas reales, vinculadas especialmente con la política económica estadounidense. El alto nivel de gastos militares implementado por el gobierno de Reagan en su Programa de Guerra de las Galaxias, que tenía por objeto demostrar la inmensa superioridad norteamericana sobre su rival soviético, derivó en un peligroso declive del dólar llevando a una situación insostenible en 1987. El enorme déficit presupuestario y de la balanza comercial de los Estados Unidos no podía ser cubierto sin el aflujo masivo y regular de dólares provenientes del extranjero.
Los prestamistas internacionales estaban dispuestos a conceder créditos a los Estados Unidos en una divisa con tendencia a la baja de su cotización, sólo al precio de una tasa de interés por lo menos igual que la existente en los mercados de Zurich, Fráncfort o Tokio, donde oscilaban entre un 4 y un 5%, más la tasa de inflación en los Estados Unidos, que era en ese momento del 3% anual. Esto quiere decir que una tasa nominal a largo plazo que cayera por debajo del 8 o 9% podía parar el aflujo de capitales extranjeros necesarios para salvar al país del Norte de la cesación de pagos de su deuda externa. Para obligarlo a endurecer su política fiscal, se realizaron los acuerdos del Louvre de 1987 (del G-5 más Canadá), pero no alcanzó. Los mercados financieros comienzan a inquietarse cuando se verificó un déficit comercial norteamericano más grande que el previsto y cuando el Bundesbank elevó, a su vez, sus tasas de interés.
El pánico cundió y el 19 de octubre se produjo el crac. Para tener una idea de la amplitud de este fenómeno, debemos señalar que en aquel momento la capitalización bursátil en los Estados Unidos alcanzaba los u$s3.000 miles de millones, o sea, más de la mitad del PIB del país en ese momento. El mismo día se verificó una baja en todas las Bolsas importantes del mundo que alcanzó en su conjunto los u$s2.000 miles de millones. En Tokio cayó un 15%, en París un 7%, en Londres un 10%, en Fráncfort de un 2 a un 8 por ciento. Calculando las pérdidas, teniendo en cuenta no los valores pico de ese mismo año, sino los más normales de fines de 1986, las mismas fueron del 8% para los Estados Unidos, del 15% para la República Federal Alemana y del 12% para Francia y Japón,
El desplome bursátil superó incluso al del 28 de octubre de 1929, cuando el principal indicador de la Bolsa de los Estados Unidos cayó un 12,8%, como preludio a la crisis económica mundial de la década de los años ’30 conocida como la Gran Depresión. Aquel 19 de octubre, los inversores perdieron más de u$s500.000 millones en un solo día en la Bolsa neoyorquina.
De inmediato, las autoridades monetarias estadounidenses anunciaron su decisión de ofrecer una red de seguridad a los bancos e inyectaron dinero en el mercado, para asegurar la liquidez y bajar las tasas de interés y la economía se fue normalizando, pero estaban sentadas las bases de una serie de burbujas y crisis en los años posteriores en distintas partes del mundo, dominado ya por las finanzas desreguladas.
Como escribía el economista francés Henri Bourguinat, al día siguiente del fenómeno, en Le Monde de París, anticipándose a un futuro que veía venir: “No es pertinente que las finanzas releguen progresivamente en segundo plano a la industria, ni que las ganancias abundantes de la negociación de valores enmascaren la precariedad de ciertos resultados. Recordemos […] el contraste entre las performances bursátiles y la atmósfera todavía deletérea del mercado de trabajo. ¿Cómo no compartir a veces la idea de que ciertos ‘golpes’ financieros dan demasiado la impresión de un enriquecimiento sin causa?
¿Quién podrá sostener seriamente –continuaba– que el 400% del alza de la Bolsa de los últimos cinco años corresponde a una anticipación de los beneficios futuros proporcionalmente tan optimista? […] Parece, más bien, que existe la formación de una burbuja […] especulativa, porque está marcada justamente por una desconexión innegable de los fundamentos de la economía.” Una advertencia que fue inútil: si bien el crac del ’87 pasó de largo sin dejar secuelas profundas, la actual crisis financiera mundial demuestra que no fue un accidente en la historia traumática del capitalismo contemporáneo, cuya orientación se vincula desde fines del siglo XX más a la especulación que a la producción.
Mario Rapoport
Economista e historiador. Investigador superior del Conicet