Aldo Ferrer | Director Editorial
La última década del Segundo Centenario y primera del sigo XXI, condensa, en un decenio, la trayectoria argentina de doscientos años e inaugura la nueva centuria con el mensaje de las enseñanzas del pasado. No nos privó de nada, incluso la repetición de la violencia y la muerte al final del gobierno de la Alianza y durante la transición política, en el Puente Pueyrredón.
La década se inició con la peor crisis de la historia económica argentina, continuó con el sexenio de más rápido crecimiento desde que existen registros del PBI y culmina en un escenario de interrogantes, de cuya resolución depende que volvamos a las frustraciones del pasado o iniciemos, de una buena vez, un proceso de desarrollo sustentable y equitativo de largo plazo.
El período incluye, en su segunda mitad, las consecuencias de la también extraordinaria crisis del orden económico mundial, la más severa desde la debacle de los años ‘30. Pero, sobre todo, registra la evolución de los acontecimientos de fronteras para adentro y nuestras respuestas a los cambios de circunstancias y a los problemas planteados.
EL DESCALABRO. El inicio y la debacle del 2001/02, fue el epílogo del prolongado período de la hegemonía neoliberal, inaugurado con el golpe de Estado de 1976. Era previsible y fue anticipado por varios observadores, entre los cuales me incluyo, que la estrategia de apertura incondicional, subordinación de las políticas públicas a los intereses particulares, desregulación financiera, privatización indiscriminada, en un contexto de fuerte apreciación del peso, culminaría en un desastre. Tuvo así lugar la extranjerización de la propiedad de sectores fundamentales de la infraestructura y las mayores empresas del país y un endeudamiento externo insostenible, que desembocó en el default. Como lo señaló el Grupo Fenix, en su encuentro de septiembre del 2001, la seguridad jurídica y el respeto de los contratos, que son esenciales en el funcionamiento de una economía de mercado, eran insostenibles bajo un régimen fundado en el endeudamiento y la renuncia a la gobernabilidad macroeconómica. Las consecuencias sociales fueron abrumadoras con el aumento vertiginoso del desempleo, la pobreza y la indigencia, la fractura del mercado de trabajo y, consecuentemente, la aparición de problemas de inseguridad desconocidos hasta entonces. El desorden fue gigantesco con 17 monedas circulando, el trueque como alternativa en una economía sin mercado, los bancos inoperantes por el corralito y el corralón, el tipo de cambio disparado en un sistema al borde de la hiperinflación.
A comienzos del 2002, las propuestas para el futuro de la economía argentina, fundadas en los mismos principios que culminaron en la debacle, incluían la licuación de los activos monetarios en pesos, la dolarización, el establecimiento de la banca off shore y, en este contexto, la renuncia definitiva a conducir la política económica y descansar en el salvataje internacional, bajo la conducción del FMI. Triste final al cual la subordinación a la especulación financiera y la renuncia a la soberanía condujo a la democracia recuperada, después de tanto dolor y tanta sangre, en 1983.
LA EXPANSIÓN. Allí comenzó el segundo tramo de la década, cuya evolución estuvo en las antípodas de la visión y las propuestas neoliberales. Ese notable período de setenta meses, entre los segundos semestres del 2002 y 2008, registró tasas de crecimiento superiores al 8% anual, el repunte de las tasas de ahorro e inversión a los máximos históricos de cerca del 30% y 24%, respectivamente, la acumulación de reservas internacionales fundada en el superávit del balance comercial y en la cuenta corriente del balance de pagos, la reducción a la mitad de la tasa de desempleo y un alivio a la pobreza acumulada durante el cuarto de siglo de la hegemonía neoliberal, inaugurado con el programa económico del 2 de abril de 1976. El crecimiento en este tramo obedeció a dos causas principales.
Por una parte, al cambio de circunstancias impuesto por la misma crisis. Esto incluye la pesificación de los activos y pasivos denominados en moneda extranjera y la consecuente recuperación de la autoridad monetaria del Banco Central, el superávit en los pagos internacionales debido a la caída de las importaciones y los buenos precios internacionales de los commodities, el ajuste cambiario que abrió espacios de rentabilidad clausurados durante el prolongado periodo de apreciación del tipo de cambio y la aparición del superávit primario en las finanzas por el repunte de la economía y la supensión temporaria de los servicios de la deuda en default.
Por la otra, al cambio de rumbo de la política económica. Esta abandonó la búsqueda de soluciones a través de la asistencia internacional y se dedicó a consolidar el control de los principales instrumentos de la política macroeconómica: el presupuesto, la moneda, los pagos internacionales y el tipo de cambio. La fortaleza emergente de la situación macroeconómica permitió formular una propuesta propia para resolver el problema de la deuda en default, que culminó exitosamente y, poco después, cancelar la deuda con el FMI.
La convergencia de las nuevas circunstancias y del rumbo de la política económica provocaron, en poco tiempo, un cambio radical del escenario macroeconómico y recuperar la seguridad jurídica demolida por la estrategia neoliberal. La respuesta de la oferta al repunte de la inversión y del consumo y al fortalecimiento de la competitividad de bienes transables, fue inmediata, permitiendo, en el tramo considerado, un aumento acumulado del PBI del 60%. La inflación se mantuvo en niveles manejables pero por encima del límite aconsejable del 10%.
Hacia finales de la década, en el transcurso del 2008 y de allí hasta la actualidad, comenzaron a acumularse una serie de problemas que interrumpieron la expansión del segundo tramo del decenio. En el frente macroeconómico, los incentivos iniciales del ajuste de la paridad y del sustantivo superávit primario en el presupuesto, comenzaron a debilitarse. El Banco Central mantuvo y mantiene una sólida posición de reservas internacionales, la capacidad de regular la situación monetaria y administrar el tipo de cambio. Pero el incentivo que otorga a la toma de decisiones de inversión, un tipo de cambio desarrollista (TCED) previsible, fue debilitándose paulatinamente. A su vez, el aumento del gasto público excedió el del crecimiento de los ingresos tributarios, con la consecuente reducción del superávit primario y el debilitamiento de la imagen de fortaleza de la situación fiscal. En sentido contrario, la nacionalización del régimen de previsión social permitió recuperar el control público de la sustantiva porción del ahorro interno que circula por el sistema jubilatorio. Esto fortaleció las finanzas públicas y, simultáneamente, plantea nuevos desafíos para la gestión de la política económica, la cual debe asegurar la inversión rentable de esos recursos, en la ampliación de la capacidad productiva, para afirmar la capacidad del sistema de satisfacer sus futuros compromisos.
Simultáneamente con estos cambios de la macro y, en parte vinculados a ellos, se acumularon en este tramo problemas de origen externo e interno. Entre los primeros, la monumental crisis financiera internacional inaugurada con la crisis de las hipotecas subprime del mercado norteamericano, propagada a la economía real a través de la contracción del gasto y el empleo en las mayores economías del mundo, con su consecuente impacto sobre el comercio internacional y los movimientos de capitales El contagio externo de la crisis mundial sobre el país se produjo por la baja de los precios internacionales de los commodities exportados y las expectativas negativas de la sociedad y los operadores económicos. Un hecho notable es que el contagio vía el sistema financiero fue insignificante. Desde el estallido de la crisis, la Argentina se financia con recursos propios y no descansa en el crédito internacional, por lo tanto la reducción del fondeo externo a los países emergentes no la afecta. Al mismo tiempo, el sistema bancario (en una economía de bajo nivel de crédito y, por lo tanto de deuda) se mantiene sólido, líquido, y solvente y sin descalce de monedas en sus operaciones activas y pasivas.
El cambio de tendencia en el tercer tramo de la década no se explica principalmente por los factores externos. La causa está, en primer lugar, en los acontecimientos internos, de frontera para adentro. Por un lado, el debilitamiento de la macro, ya señalado. Por el otro, problemas esencialmente políticos como el prolongado conflicto del campo con el Gobierno Otro factor, éste de carácter accidental, la sequía, agravó el cuadro de situación. A su vez, la polémica sobre el INDEC y la credibilidad de las estadísticas ha enturbiado el análisis de los problemas y el debate político. En este escenario, el debate sobre cuestiones trascendentes, como por ejemplo la reforma del régimen previsional, los medios audiovisuales y la política energética adquiere un alto grado de virulencia que no contribuye a la solución adecuada de los problemas.
Esta acumulación de acontecimientos negativos interrumpió la expansión del segundo tramo de la década y provocó la fuga de capitales. Reaparecieron reacciones preventivas de la sociedad y de los operadores económicos frente a situaciones inciertas e imprevisibles. En los últimos 24 meses, salíeron alrededor de u$s 40 mil millones, equivalentes al 20% del ahorro interno y la totalidad del superávit comercial. A su vez, la baja de la inversión y el consumo, sumado al debilitamiento de las exportaciones por la crisis y la sequía, provocó la reducción del PBI y del empleo. Sin embargo, la economía continúa generando superávit en los pagos internacionales, no aumento de deuda, las finanzas públicas están menos sólidas pero siguen bajo control y la actividad, privada y pública se financia con ahorro interno.
Esta extraordinaria década, que concluye el año próximo, deja importantes mensajes que deben atenderse para consolidar el crecimiento del país y el desarrollo humano.
Aldo Ferrer
Director Editorial de Buenos Aires Económico