Sociedad
Newsweek
Gripe A

La profecía de Saramago

17-07-2009 /  Tuvimos una sobredosis de temor hacia el otro y hacia el propio cuerpo, que debíamos preservar de los otros.

Epidemia: ¿Protagonistas “ciegos” de nuestra salud?
Por H. Spinelli, M. Alazraqui y A. Sy

Desde abril, hemos recibido un bombardeo mediático constante sobre gripe porcina, luego devenida gripe A (H1N1). Los periódicos nacionales publican hasta doce noticias diarias sobre el tema, donde se afirma una cosa y su contraria, sin temor a las contradicciones o a los efectos en la población. Pero si algo puede rescatarse de la cobertura sobre la epidemia, con noticias que proliferan en todas las secciones de los diarios, es que pone en evidencia que un problema de salud es también un problema social, político, económico y legal. Sin embargo, las noticias aparecen “compartimentadas”, en un derrotero de ideas donde todos (cualquiera) opinan de todo, y nadie parece escuchar o leer a los demás. No existe un retorno a lo dicho, una vuelta a las contradicciones que surgen. Esta crónica de la (des)información permite visualizar más claramente el pánico y la desconfianza que circularon por estos días.

Estamos acostumbrados a ser espectadores de las tragedias. Asumimos riesgos a diario, pero los aceptamos como parte de mantener ciertos modos o estilos de vida. Comenzamos asistiendo a un problema que sufrían los otros —en México y EE. UU.—, lo que nos fue entrenando, aunque de un modo no pensado, para un futuro que no se preveía. La epidemia ocurría afuera, como la guerra, la tuberculosis o el Chagas. Se introducía en algunas vidas mediada por el papel o una pantalla de tevé, generando la falsa ilusión de hallarse a salvo.

El cierre de vuelos de México a la Argentina, provocó una ola de críticas hacia nuestro país por discriminación. Al mismo tiempo, los medios estaban plagados de noticias sobre una “inminente pandemia” que llegaría en breve.

El foco se localizó, de modo fugaz, en los cerdos del poblado de La Gloria, en México, donde se habría iniciado la epidemia. Allí, la empresa Smithfield Foods, Inc. cuenta con más de un millón de cerdos. El modo de nombrar la epidemia cambia rápido, lo que favorece su separación de un proceso productivo que responde a intereses socioeconómicos. Con el cambio de nombre, se lo asocia al hombre, al primer infectado, al cuerpo humano donde el “virus mutó”.

Experimentamos “vía México” el temor a los chanchos. Nos decían: “deben cocinarse a una temperatura superior a los 70º C”, como también “los cerdos pueden ser consumidos, eso no representa un problema”. Está claro que la culpa no es del cerdo, sino del que le da de comer.
La noticia se multiplicaba: “El virus mutó en una persona”, “El virus se transmite de humano a humano”. La ola de desconcierto se potenció con el desembarco en nuestro país del primer caso.  Se extremó las medidas de seguridad en los aeropuertos: sensores termográficos, barbijos y pasajeros interrogados. Cualquiera que presentara algún síntoma era potencialmente “peligroso”. La inseguridad ahora está en las calles, bajo la forma del contagio potencial, que se expresa en la tos y/o temperatura del que está al lado.

También nos advertían sobre el cuidado de nuestro cuerpo: lavado de manos, barbijo y alcohol en gel fueron los favoritos para un entrenamiento que nos exigía entrar en escena: dejar de ser especta- dores pasivos para hacernos responsables de nuestra propia salud.

En medio de esto, tuvimos elecciones de bocas cuidadas, auto-cuidadas, que luego estallaron en un grito de crítica hacia la liviandad de las medidas tomadas. El Gobierno estaba “poniendo en riesgo la salud de la población”: ante el desconcierto, parece que necesitamos de alguien que nos diga qué hacer. Y de hecho lo tuvimos: nos enseñaron cómo toser y lavarnos las manos, nos convertimos en ágiles atletas entrenados para salir corriendo a conseguir objetos capaces de salvarnos la vida, cuyo precio subía conforme lo hacía la demanda y el temor de la gente. Las farmacias se convirtieron en el gimnasio favorito para ejercitar el pánico y realizar exposiciones sobre “desabastecimiento”.

Comerciantes y proveedores se convirtieron en los referentes que nos explicaban qué barbijo usar y cuándo hacer el recambio. Al mismo tiempo, proliferaban las noticias sobre la inutilidad del barbijo, que sólo debían usar los enfermos, y que el agua y jabón alcanzaban para matar el virus.

Pero entonces entró en escena el Tamiflu, que pasó a  integrar el botiquín de primeros auxilios contra el pánico. La abuela insiste en que la gripe se cura de otro modo, pero nadie la escucha.
En este contexto, la medida de aislamiento social refuerza y legitima un temor que ya estaba instalado en la sociedad: temor a lo desconocido, a lo nuevo, a aquello acerca de lo cual sabemos muy poco. En su “Ensayo sobre la ceguera”, José Saramago plantea una tesis en torno al terror a lo desconocido e inexplicable. En la novela, toda la humanidad padece una enfermedad que la va dejando ciega, situación que se complica con el miedo al contagio y donde emerge la degradación y mezquindad de la condición humana en situaciones extremas. ¿Una profecía autocumplida?

Durante este tiempo fuimos alimentados con sobredosis de temor hacia el otro y hacia el propio cuerpo, al que debíamos preservar, guardándolo en nuestro hogar, a salvo de los otros. Pasamos de espectadores pasivos a sujetos activos, aunque presumiblemente “ciegos” en nuestra capacidad de mirar a los otros y a nosotros mismos.

¿Podremos rescatar algo de todo esto como herramienta de conocimiento sobre la experiencia humana de enfermar y atender la enfermedad, para posicionarnos en un lugar diferente desde donde volver a pensarla de otra manera?
     


* Spinelli, Alazraqui y Anahi son docentes de la Maestría de Epidemiología, Gestión y Políticas de Salud de la Universidad Nacional de Lanús.
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