Fernando Iglesias
No parece casual que Gianni Vattimo haya elegido aludir a Ecce homo (He aquí el hombre), una frase de Poncio Pilatos convertida en libro de Nietzsche, para titular su obra, Ecce comu - Cómo se llega a ser lo que se era. No es casual, digo, porque la ambición de Vattimo, ex diputado al Parlamento Europeo por los DS (Democráticos de Izquierda) italianos, se parece bastante al “Yo me lavo las manos” ponciopilatiano, cuyas razones acaso haya que buscarlas en el temperamento nietzscheano-dionisíaco que suele acompañar a los artistas y los hombres de letras (“Ser comunista significa... aceptar esta vocación vanguardista de la política. La apuesta... es análoga a la de la vanguardia artística: negarse a hacer política como si estuviéramos en una situación normal”, asevera) y que es tan útil en las artes como nefasto en la política, esa gris actividad que no se basa en los chispazos geniales y las visiones absolutas sino en el trabajo lento y paciente sobre la realidad realmente existente, en la búsqueda de equilibrio entre lo deseable y lo posible y en la gris y muchas veces hartante disciplina de la cotidianeidad.
De manera que Vattimo abandona, por medio de este libro, la “ilusión europea” en la que creyó como “programa realista de la izquierda”, según escribió en tiempos de asumir su puesto en el Parlamento Europeo de Estrasburgo, en beneficio de volver a ser –en una vuelta aristotélico-heideggeriana a los orígenes– “lo que era”, es decir: un catocomunista convencido de la posibilidad de equiparar el “futuro del comunismo” con el “futuro de la religión”. Y bien, ya bastante escribió Marx sobre estas paparruchadas como para que tengamos que recordar, un siglo y medio después, sus frases despectivas: socialismo reaccionario, comunismo primitivo, socialismo romántico y feudal; en suma, las diferentes escuelas dogmáticas y emocionales cuyo rasgo común es el rechazo de toda forma científica de pensamiento y la ignorancia de las leyes de la economía, dos aspectos a los que Marx dedicó la mayor parte de su vida, como señala el título de su mayor obra: El Capital.
Que el mismo Vattimo califique de “reconversión al comunismo” a su proceso de regresión política, que se sienta necesitado de recordar los viejos buenos tiempos de las penitencias eclesiásticas (“Cuando me tocaba llevar el paquete de fideos a la viejecita en su buhardilla siempre sentía el remordimiento de no hacer la revolución, de tolerar aquel sistema de explotación que hacía necesaria mi ayuda y me permitía hacer méritos frente al Señor”) lo dice casi todo acerca de sus preocupaciones: no ya la construcción de un mundo mejor sino el alivio de sus sentimientos de culpa. “Dedicarse, a lo sumo, a iniciativas políticas de barrio; pequeñas cooperativas de ayuda recíproca, bancos éticos... es la posición que suelo mantener para mis adentros sellada como la elección monástica: la única manera de no experimentar remordimientos ante los pobres...”, señala.
Y basta ver los autores (Nietzsche, Duchamp, Adorno, Benjamin, Wittgenstein, Beckett) sobre el estudio de los cuales Vattimo basa la parte “propositiva” de su obra (por decirlo de alguna manera) para comprobar que la pasión romántica por la estética ha suplantado la consideración racional de la economía política en una suerte de lo que Perry Anderson denominó, algo despectivamente, “marxismo occidental”. De allí su coqueto llamado a un “comunismo exento del mito del desarrollo”, primero, y su enigmática apelación posterior a un régimen basado en el principio leninista de “los soviets más la electricidad”.
Ecce Comu- Cómo se llega a ser lo que se era es un libro con algunos esporádicos y lúcidos aciertos pero carente de estructura y de sentido; un libro que sigue pues los mandamientos no escritos de la apenas nacida y ya decadente posmodernidad. No faltan en él, ciertamente, las críticas al “fetiche de las mayorías parlamentarias” (mayorías cuya construcción fue la obsesión inicial y revolucionaria de la izquierda), ni esas descalificaciones a la “democracia formal” ni esos elogios al movimientismo que tan formidables resultados han tenido en la historia argentina.
Tampoco escasean las frases de contenido que es preferible considerar ambiguo en nombre la buena voluntad; por ejemplo: “No debería avergonzarnos... pensar nuestra situación en términos... [que] enlaza[n] a la perfección con la necesidad de renovación radical que el espíritu europeo experimentaba a principios del siglo XX”, o: “Nietzsche, que compartía pocas convicciones con Marx, también [?] pensaba en alguna invasión ‘bárbara’ que despertase a Europa de su situación de decadencia”.
Confunde Vattimo el indudable empeoramiento en curso de las condiciones de vida en los países avanzados con la proletarización profetizada por Marx; un juicio que sonaría enigmático al mismo Marx, que escribió a uno de sus amigos que dadas las condiciones de vida alcanzadas por la clase obrera inglesa en 1880 (!) la revolución en Inglaterra “no era ya necesaria pero aún era posible”. Olvida Vattimo también de que la contratara del desempleo creciente y la caída de salarios en el mundo avanzado ha tenido como contraparte la mayor y más veloz salida de la pobreza de la historia de la humanidad, protagonizada por cientos de millones de seres humanos en países como China e India que han pasado de la miseria rural y el despotismo asiático a un tenor de vida modesto e industrial.
Nada cuesta suponer que si un grupo papal-guevarista capitaneado por Vattimo hubiera provocado semejante fenómeno secuestrando los hijos de los CEO de las multinacionales de todo el mundo y obligándolos a llevar millones de puestos de trabajo de Europa y Norteamérica hacia el Asia, ya estarían los románticos Vattimos del mundo cantando loas al milagro catocomunista. Pero como lo han hecho las corporaciones multinacionales a la caza de ganancias es hora de persignarse y de hablar de la “proletarización informática” y la “disolución de la democracia en todos los países”, sin abandonar empero, por nada del mundo, los distinguidos salones de la Europa decadente y sin futuro.
Entre tanto fárrago de nociones eclesiásticas, son consistentes las críticas de Vattimo a la genuflexión de buena parte de la izquierda europea a la política exterior de la administración Bush, así como interesantes sus observaciones sobre la deriva de la izquierda en Italia (“Es muy probable que la izquierda desaparezca durante muchos años”, profetizó correctamente hace ya varios años). Mucho menos valioso es cierto provincianismo típicamente italiano que lo hace generalizar sin transiciones lo ocurrido en Italia a la esfera internacional y mundial. Tampoco la crítica de Toni Negri-Michael Hardt y sus imperios y multitudes se entiende demasiado. Más bien podría decirse que Vattimo lleva el anti-institucionalismo populista de Hardt-Negri a sus extremos (y a los extremos mismos de la racionalidad).
Pero las incongruencias del Vattimo de Ecce comu alcanzan su máxima y perfecta expresión cuando elige a Castro y a Chávez como la expresión política existente más cercana a sus propuestas, operación realizada enteramente sin abandonar –Dios no lo permita– la decadente y aburguesada Europa ni mucho menos la nueva residencia en la Costa Azul para gozar en vivo y en directo de los beneficios de las nuevas formas del comunismo caribeño. No hay nada que hacerle, la vieja pasión italiana por confundir los peores regímenes despóticos con la avanzada del socialismo y de la humanidad parece no haber terminado. Va de suyo, la mussoliniana dicotomía entre “países plutócratas y países proletarios” está de vuelta. ¡Adiós a las distinciones marxistas entre naciones avanzadas y atrasadas que llevó a Marx a condenar a Bolívar, apoyar la incorporación de California a los Estados Unidos y oponerse a la independencia polaca respecto de Alemania! Al gran tercermundismo de todas las tendencias: ¡salud!
He aquí nuevamente el intento (Ecce comu, efectivamente) de las aburridas y soñadoras intelectualidades del Primer Mundo de encontrar el sujeto histórico revolucionario que la aparición de la socialdemocracia y el estado de bienestar impidió que floreciera en sus países al hacerlos los más ricos, democráticos e igualitarios de la historia del mundo. Abandonada toda esperanza en las clases obreras de los países desarrollados, profetizada como “vanguardia de la humanidad” por cierto Marx, siguiendo el valeroso ejemplo del apoyo de Sartre a Stalin, primero, y a Franz Fanon, después, la bienpensante intelectualidad izquierdista europea se dedicó a los soldados rusos, el campesinado chino y camboyano, los pequeño-burgueses barbudos de Cuba, los lúmpenes de todas partes y ahora, los generales latinoamericanos... con resultados unánimemente catastróficos que no hace falta recordar.
Desmintiendo la Vulgata “antiimperialista”, durante la primera mitad del siglo XX la Europa de las naciones, colonialista e imperialista, fue el peor lugar del mundo en el cual vivir, así como la Europa supranacional que renunció –más por las malas que por las buenas– a sus colonias se transformó en el mejor lugar del mundo donde vivir durante la segunda mitad del siglo XX. Con todos sus problemas y limitaciones, la sociedad europea representa (en mi opinión: sin discusión racional posible) el mayor grado de perfeccionamiento jamás alcanzado en la historia humana, tanto en términos de bienestar económico como de democracia política, de plena vigencia de los derechos humanos como de disminución de la desigualdad. Y las bases en las que se ha asentado este proceso han sido la superación del nacionalismo, la ampliación del principio federal a la escala continental y la reconstrucción de un equilibrio “socialdemócrata”, conflictivo pero fructífero, entre política y economía, entre estados y mercados, entre democracia republicana y capitalismo. No está de más, creo y sostengo, pensar la experiencia europea recordando cierta frase del mejor Marx: “El comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”. O acaso sería mejor parafrasear a Sartre diciendo que la Europa actual constituye “el horizonte insuperable de nuestra época”, y que –por lo tanto– la extensión del modelo europeo a la escala planetaria es el máximo proyecto realizable al que podemos aspirar.
Utopía sí, por lo tanto, pero ¿cuál utopía? La lucha por la mejora de las condiciones de vida de los humillados y ofendidos del mundo no puede sino empezar por la aplicación al mundo de los mismos principios que han hecho prósperos y exitosos a los países de Europa y de Norteamérica: la unidad política de espacios de enormes dimensiones, la organización a la vez centralizada y federal, la democracia republicana, la innovación tecnológica y el desarrollo de un dinámico sistema económico regulado desde un sistema político eficaz y vigoroso encargado de la redistribución social y geográfica de la riqueza y de la construcción de un eficiente estado de bienestar. Si el magnífico experimento de la unidad política continental hizo pasar a Europa de los totalitarismos, el Holocausto y las guerras hasta su magnífico presente, ¿cuánto puede aportar la ampliación de los principios que han creado la Unión Europea al resto de los continentes y al mundo como un todo? ¿Qué otra cosa puede pensarse hoy en términos de mejora de la situación de los pobres del mundo que no sea en la ampliación del modelo social y político y el estado de bienestar europeos a toda la humanidad?
¿Que la misma Unión Europea está en crisis? Por supuesto. En un mundo global no habrá democracias nacionales ni estados de bienestar continentales que se sostengan sin la reforma del orden político planetario bajo los principios del federalismo mundial y la democracia global. ¿Qué las socialdemocracias nacionales están en crisis? Por supuesto. Es que necesitamos construir una socialdemocracia de escala regional y mundial capaz de acabar con el consenso neoliberal y reemplazarlo por un consenso socialdemócrata de alcance global. En eso estaba precisamente Vattimo (“Un programa socialista o de izquierda puede y debe identificarse hoy como programa de la integración europea”, escribió en enero de 2002; “Europa... debería entender que su futuro y el de la democracia en el mundo residen en erigirse como tercera vía, juntándose con los numerosos países no alineados, empezando por el Brasil de Lula, para contrarrestar la división terrorista del mundo en la que los Estados Unidos están trabajando”, escribió en 2004, pleno auge del choque de civilizaciones entre Bush y el terrorismo islamista) cuando se nos perdió por el camino (en una nueva edición del ítem freudiano de los que fracasan al triunfar) para ponerse a mezclar irresponsablemente al Papa con Nietzsche, y a Chávez y Castro con el futuro de la humanidad, justo cuando la asunción de Obama y el retiro de Irak parecen hacer más posible que nunca el desarrollo del multilateralismo y el reemplazo del belicismo irresponsable por un marco internacional progresivamente más pacífico, democrático y humano.
Las nuevas posiciones políticas de Vattimo, supongo, caerán simpáticas a las personalidades cato-comunistas que abundan en la Argentina: se trata de aquellos que creen que el mal del mundo anida en la maldad de los ricos y poderosos y adjudican a los humillados y ofendidos alguna de las categorías de la santidad. Así es cómo confunden a Marx con Jesús y –por lo tanto– están dispuestos a fundar una iglesia dogmática que consagre a un nuevo Stalin como Papa, para que acumule riquezas en nombre de la salvación de los pobres y con sus prevaricaciones y falsificaciones logre que las cosas vayan aún peor.
Pocas cosas más tristes hay en el mundo que ser feliz y estar en lo cierto pero no darse cuenta ni comprender las razones de esa felicidad, desatando por lo tanto una tragedia –una tragedia del pensamiento, al menos– que sólo tiene como causa la propia necedad. Es este, me temo, el caso de Vattimo, que ha dejado de ser lo que era, un parlamentario socialdemócrata y europeísta, para volver a ser lo que era antes de ser, un catocomunista dedicado a mezclar al Papa con Marx, en una demostración amplia y coherente... de una profunda crisis política e intelectual.
*Periodista, sociólogo, diputado por la Coalición Cívica y escritor, publicó, entre otros libros, ¿Qué significa hoy ser de izquierda? y ¿Por qué soy antikirchnerista? Es miembro fundador de Democracia Global (Movimiento por la Unión Sudamericana y el Parlamento Mundial) y del Global Democracy Center.