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Por Horacio González

Los tejedores del 1º de mayo

26-04-2009 / 

Horacio González
Director de la Biblioteca Nacional

Es justo que muchos digan que se diluye el significado del 1º de mayo al convertirse en feriado. Toda conmemoración nos aleja del motivo originario que debe ser conmemorado. Pero si no ayuda el rito –que congela o aleja las cosas–, el recuerdo se desvanece. Gracias a que las asegura el almanaque, las voces que clamaron en el pasado, consiguen escucharse. Aunque sea un esfuerzo descifrarlas. Quizá creemos oír un lejano reproche, dirigido a los hombres del presente. Todo presente, es lógico, pide gozar sus libras de olvido. En esta oportunidad es propicio que recordemos la crónica que hizo José Martí en 1887, que como corresponsal de La Nación de Buenos Aires, presenció el ahorcamiento de los obreros de Chicago.
Si a alguien le pudiera parecer que ni siquiera los grandes escritos pueden sustituir la experiencia real, podremos afirmar lo inverso. El escrito de Martí es la forma viva de la descripción de un infortunio. Los condenados enfrentan su destino con una fuerza que quizá no es sólo la que brota de sus conciencias. Son anarquistas, un tipo de militante que lleva palabras preparadas en su corazón. Pero son palabras que aluden –sin que nadie lo hubiera dispuesto así– a la eternidad de la materia. Martí lo capta con justeza. Aunque es testigo, tampoco puede escucharlo todo. De modo que pone palabras en la boca de los procesados, que evocan el aire bíblico de los inocentes que marchan al cadalso. Imagina grandes diálogos, las palabras finales de los condenados que casi cantando van al sacrificio.
Los anarquistas Fischer, Engel, Spier y sus otros compañeros, son nombres ya nebulosos. Pero la lectura del despacho periodístico de Martí nos permite palparlos, intuirlos. Como si la historia fuera un ciclo que repite burlonamente sus motivos principales.
¿Qué recuerda Martí en su escrito? ¿Leemos bien? Es el famoso poema El tejedor, de Heinrich Heine, que pone en boca de uno de los que caminan hacia la horca. Era el poema preferido de Marx y de los fundadores del sindicalismo revolucionario. Marx lo escucha recitado por el mismo Heine en París, en 1844. 
“¡Germania vieja, tu capuz zurcimos!
Tres maldiciones en la tela urdimos;
¡Adelante, adelante el tejedor!”
La escena es de un primitivismo trágico. Los presos van hacia el suplicio con tranquilidad, como místicos involuntarios de un mundo moderno que ya tiene lamparitas eléctricas y antiquísimas formas de castigo para los benditos réprobos. Martí retrata a carceleros y periodistas estremecidos por el acontecimiento. Hay mortajas, lectura de dictámenes, risas nerviosas que enseguida se tornan llantos insondables. El alcalde está lívido. Hay sillas en torno de las sogas que apretarán los cuellos. “Es un teatro”, escribe Martí. Los cuerpos son titiritescos. Poco después, uno de ellos “cuelga girando como un saco de muecas, se encorva, se alza de lado, se da en la frente con las rodillas, sube una pierna, extiende las dos, sacude los brazos, tamborilea; y al fin expira, rota la nuca hacia adelante, saludando con la cabeza a los espectadores”.
Es Martí el periodista. Un periodismo libertario, escénico, sin investigación de nada, sabiéndolo todo. Más de cuarenta años después Roberto Arlt asiste al fusilamiento de Severino Di Giovanni. El drama se repite a la perfección. Muchos han leído estos párrafos arltianos en distintas épocas y edades. Periodismo que se hunde en el sentido cáustico e infinito de milenarias crónicas.
El fusilamiento se ha consumado. Arlt dice: “Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra. Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara: Está prohibido reírse. Está prohibido concurrir con zapatos de baile”.
No cabe duda, Arlt lo tomó de Martí. Mejor dicho, Arlt es Martí. Las diferencias las sabemos, pero aquí están estos escritos teatrales, casi semejantes. Es el teatro en el cual mueren los iniciadores del movimiento obrero. Ellos también redimen al periodismo. No importa que se compartan sus métodos. Eran pacifistas los mártires de Chicago, aunque uno de ellos había proclamado su credo violento. Violento era también Di Giovanni. ¡Pero qué importa que lo digamos! ¿No suena mezquino tener que aclararlo, como si despacháramos cuentas políticas ante el gran teatro social de la muerte? Arlt y Martí no son violentos ni piadosos. Devuelven el sentido último del testimonialismo a su fuente única. Un testimonialismo dispuesto a entenderlo todo aunque lo que se muestra pueda no ser de nuestro gusto.
Martí registra el golpeteo incesante del telégrafo del Sun de Nueva York en los pasillos de la cárcel. El diario transmitía “en vivo y en directo”. Arlt nombra a sus colegas y a los otros diarios. La tragedia obrera –o la tragedia de las ideas– nace junto a un estilo de periodismo que a lo largo de estos tiempos tuvo muchos cronistas del alma humana, voces raras que no surgen fácilmente. Se hacen presente espaciadamente, pero nunca desaparecen; cada tanto nos damos cuenta de que siguen allí. Igualmente, no podemos ser tan ingenuos como para creer que hay etapas y progresiones en la historia. Para muchas cosas las habrá, pero no para ésta. El teatro que describen Martí y su discípulo Arlt –porque nadie sabe discípulo de quién es–, sigue presente en el mundo.
Una de los homenajes escritos más vibrantes al 1º de mayo lo hace Leopoldo Lugones en el periódico La Montaña –que dirige junto a José Ingenieros–, en el año 1897. Habían pasado una década de los sucesos de Chicago. No muchos se atrevieron luego a escribir algo semejante. Y aunque Lugones después cambió mucho, no puede haber mudanzas que por grandes que sean, eviten dejar algo intacto, extrañamente persistente. Como Arlt, Lugones pudo haber escrito “yo estoy como borracho”.
Es el sentido casi imperceptible que se siente cualquier 1º de mayo, aun con los pensamientos perdidos, caminando por una feria del libro o tomando distraídos el colectivo. Ya pasó mucho tiempo desde aquellos ahorcados, desde aquellos fusilados. Pero ciertos escritos los siguen arrastrando como cuerpos enlodados, como anarquismo exánime, silencioso y testimonial en el pliegue último de la historia.  

*Director de la Biblioteca Nacional
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Comentarios (1)
Catriel:
22:42 hs.
03.05.2009
Don horacio,esto ya lo lei, y no lo digo como una critica, solo pienso en que seria bueno agregar a este articulo el motivo por el que fueron asesinados,para tratar de hacer mas docencia y compartir el conocimiento.
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