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Ciencia
Anatomía de un escándalo
Foto: Newsweek
11-03-2009 /
Nuevas evidencias confirman que no existe vínculo entre la vacunación y el autismo. Pero el terror causado por esa sospecha ya provocó muchas muertes.
Por Sharon Begley
En febrero de 1998, el royal free hospital de londres convocó a una conferencia de prensa para develar los resultados de un estudio. El gastroenterólogo Andrew Wakefield tomó el micrófono y anunció que, junto con colegas, había descubierto un síndrome provocado por la aplicación de la vacuna triple viral (MMR, por las siglas en inglés de sarampión, rubeola y paperas). Según el galeno, ocho de 12 niños de su estudio —publicado ese día en la prestigiosa revisa The Lancet— habían desarrollado una grave inflamación intestinal, con síntomas que aparecían en promedio seis días después de la inyección. Pero la causa de la atención mediática era otra: Wakefield notó que nueve de los niños del estudio también sufrían de autismo, una enfermedad que, decía, se había manifestado entre uno y 14 días después de la inoculación. En vista de lo anterior, Wakefield sugería que la vacuna (en particular, el virus atenuado de sarampión) lesionaba el intestino, permitiendo que las proteínas nocivas escaparan al torrente sanguíneo, dañaran neuronas en el cerebro y ocasionaran autismo. Aunque los científicos señalaban en su artículo que la relación no estaba demostrada, para Wakefield era un “problema moral”: “No puedo apoyar el uso de la MMR hasta que se esclarezca el asunto”, dijo.
Para Nicholas Chadwick, bioquímico que trabajaba con Wakefield, la sentencia de su jefe resultaba peculiar: durante varios meses había extraído material genético de biopsias intestinales de niños autistas buscando rastros de sarampión dejados por MMR. Y no encontró nada. A Wakefield nada de eso parecía importarle: “una vez que desarrolló la teoría, se aferró a ella con determinación”, dice Chadwick, quien en esa época supuso que poco o nada saldría del artículo de The Lancet en los medios. “No podíamos estar más equivocados”.
Al día siguiente, los titulares de la prensa británica gritaban: “Médicos vinculan autismo con MMR” y “Médicos descartan vacunación triple a la luz de nuevos temores”. La histeria por la vacunación infantil creció a escalas inesperadas. En 2001, el primer ministro Tony Blair y su esposa, Cherie, se negaron a declarar si su hijo de 19 meses había sido inoculado con MMR. En 2003, la televisión británica proyectó un docudrama sobre Wakefield en el que afirmaban que compañías farmacéuticas habían robado sus expedientes e intervenido su teléfono para proteger sus vacunas. “La vacuna MMR viene a llevarse a nuestros hijos”, dijo el presentador.
MMR es la misma vacuna que se administra en las dos costas del Atlántico, así que el temor generado por las vacunas infantiles (35 de ellas administradas a los 6 años de edad, según recomendación de los funcionarios de salud estadounidenses) comenzó a diseminarse también por Estados Unidos impulsada, en buena medida, por el hecho de que la incidencia de autismo estaba aumentando por causas que los científicos no lograban precisar. Diversos grupos de padres optaron por rechazar las vacunas para su prole y pocos años después de la declaración de Wakefield, la tasa de vacunación MMR en Gran Bretaña cayó de 92 por ciento, a menos de 80 por ciento.
Científicos y funcionarios gubernamentales que defendían la seguridad de la vacunación no pararon en atribuir el temor a la incultura científica del público y la prensa amarilla. Sin embargo, la verdad es que, tras el pronunciamiento de Wakefield, infinidad de estudios conducidos por verdaderos científicos parecieron respaldar sus conclusiones. Así, en 2002, el patólogo John O’Leary, del Coombe Women’s Hospital, en Dublín, informó que había encontrado ARN del virus de sarampión en un 7 por ciento de la población infantil normal, pero en 82 por ciento de niños que padecían autismo, lo que sugería que algunos pequeños no podían eliminar el virus inoculado de sus sistemas y esto conducía al autismo. Ese mismo año, un biólogo de la Universidad Estatal de Utah informó el hallazgo de altos niveles de anticuerpos contra el virus del sarampión en la sangre y el líquido espinal de niños autistas, lo que le llevó a postular que MMR había precipitado una respuesta hiperinmune que atacó el encéfalo de los pacientes. En 2003, el gastroenterólogo Arthur Krigsman, de la Universidad de Nueva York, anunció que había encontrado lo mismo que Wakefield: que los intestinos de 40 niños autistas mostraban grave inflamación, lo que permitiría que compuestos dañinos viajaran por sangre directo al cerebro.
No obstante, ésos y otros estudios que apoyaban el vínculo entre autismo y MMR resultaron ser nada comparados con la medida adoptada en julio de 1999. Ese mes, la Academia de Pediatría de EE. UU. (AAP) y el Servicio de Salud Pública emitieron una alerta sobre un conservante de muchas vacunas, timerosal: una sustancia que contiene etilmercurio y había sido utilizada en diversas vacunas desde la década de 1930, incluidas la “triple bacteriana” (DPT) y la anti-Haemophilus influenzae (Hib), pero no en MMR. Los expertos trataron entonces de tranquilizar al público, declarando que todavía no había evidencia pública de daños. Mucho menos, de autismo.
No por mucho tiempo. El 6 de abril del año 2000, el representante (diputado) del Congreso de EE. UU. Dan Burton manifestó, en una sala repleta de activistas contra las vacunas, que su propio nieto había sido perfectamente normal hasta que recibió “nueve vacunas en un mismo día”, tras lo cual “había dejado de hablar y corría golpeándose la cabeza contra las paredes mientras gritaba, vociferaba y agitaba las manos”. Diversos testigos compartieron sus tragedias personales. El mismo Wakefield compareció y declaró que, desde la publicación de su artículo en The Lancet, había estudiado incontables casos adicionales, de los cuales casi 150 habían desarrollado autismo posterior a la vacunación MMR. Había entonces dos explosivas teorías sobre el peligro de las vacunas infantiles: primero, la de Wakefield sobre la inflamación intestinal provocada por MMR y la filtración de proteínas dañinas hacia la sangre y el cerebro; segundo, la teoría del timerosal, con el mercurio de las vacunas pediátricas que daña el sistema inmunológico y, muy posiblemente, el cerebro.
La audiencia de Burton recibió amplia cobertura mediática, pero la atención recibida fue nada en comparación con la avalancha que estaba a punto de desatarse. En noviembre del mismo año, “60 Minutos” lanzó al aire un segmento en el que presentaba niños “aparentemente normales” hasta que recibieron MMR. Tiempo después, el 10 de noviembre de 2002, The New York Times Magazine publicó un reportaje titulado “La no tan descabellada teoría del autismo”, basada en el uso de timerosal; el artículo incluía noticias de un estudio realizado en agosto de 2002 por el equipo de Mark y David Geier, quienes descubrieron “incrementos en la incidencia de autismo” luego que los niños recibían vacunas que contenían timerosal. A esa altura, la desconfianza hacia las autoridades científicas (y cualquiera que defendiera las vacunas) había adquirido proporciones ominosas.
Las primeras grietas en las teorías sobre autismo y vacunación aparecieron a principios de 2004.
Una investigación del periodista británico Brian Deer, publicada en The Sunday Times de Londres, reveló que los chicos que Wakefield describiera en el estudio de The Lancet no habían acudido a su hospital simplemente para recibir una vacuna. Por lo menos cinco de ellos eran clientes de un abogado que trabajaba en un caso contra fabricantes de vacunas, argumentando que MMR había causado el autismo de los niños.
Además, dos años antes de dar a conocer su artículo en the Lancet, Wakefield había recibido 55.000 libras esterlinas de la organización británica Legal Aid Board, que apoya investigaciones relacionadas con demandas legales. Tras reunirse con Deer, Richard Horton, editor de The Lancet, declaró a la prensa británica: “De haber sabido lo que hoy sabemos, no habríamos publicado la parte del artículo que hace referencia a MMR… Hubo serios conflictos de interés”. El 6 de marzo, 10 de los 12 coautores de Wakefield se retractaron formalmente de la sugerencia hecha en el artículo en torno de la vinculación de MMR y autismo.
Wakefield no se desdijo. Hoy es director ejecutivo de una organización no lucrativa de Texas denominada Thoughtful House, que ofrece tratamientos para el autismo. El científico reconoce que fue contratado y pagado por el abogado de los padres de niños autistas, pero niega haber incurrido en un conflicto de interés. “En la época en que los niños acudieron a Royal Free, ninguno de los padres participaba directamente en el litigio”, revela. “Nada impedirá que siga cuidando de esos niños e investigando sus problemas”, sentencia.
En 2005, el Consejo Médico General de Gran Bretaña inició un proceso contra Wakefield acusándolo (entre otras cosas) de falta de ética profesional y conflictos de interés financieros en el estudio de The Lancet. La investigación se amplió desde entonces. Deer afirma que Wakefield y coautores falsearon los expedientes médicos de los niños, en particular los síntomas intestinales y autistas, que se habrían manifestado mucho antes y no después de la administración de MMR. Wakefield niega esos cargos.
Sin embargo, el proceso contra Wakefield no es lo más perjudicial para la teoría del autismo por vacunación. Poco a poco fue acumulándose un abrumador volumen de evidencias demostrando que las vacunas pediátricas no incrementan el riesgo de autismo. En 2002, un equipo de científicos encabezado por Brent Taylor, también de Royal Free, informó que su estudio de 473 casos no había establecido una diferencia en la tasa de autismo entre niños que habían recibido MMR y los que no.
Científicos finlandeses que estudiaron una población de dos millones de niños llegaron a la misma conclusión en un artículo publicado del año 2000. Y en 2001, también un equipo de la Universidad de Boston que estudiaba los expedientes médicos de tres millones de niños. Entre tanto, una revisión de expedientes médicos de 14.000 chicos británicos, llevada a cabo en 2004, reveló que a mayor exposición de timerosal durante la inoculación, menor riesgo de problemas neurológicos. Ese mismo año, el Instituto de Medicina de Estados Unidos (IOM), luego de examinar más de 200 estudios, rechazó terminantemente la hipótesis de vacunación-autismo: no sólo no encontró pruebas del vínculo, sino que la emprendió contra el artículo de The Lancet publicado en 1998 por Wakefield y su equipo. El panel declaró que, como los síntomas de autismo suelen presentarse a la misma edad en que los niños son inoculados con MMR, era inevitable que algunos pacientes manifestaran los primeros síntomas poco después de la vacunación. Y coincidencia no es causalidad.
Si el panel IOM creyó que allí terminaría la cosa, se equivocaba. El representante Dave Weldon (Florida), médico de profesión, denunció en la Cámara de Representantes al CDC por “utilizar datos selectivamente para hacer que las asociaciones [entre vacunas y autismo] desaparecieran”. Al año siguiente, un reportaje del abogado ambientalista Robert F. Kennedy Jr., con el título “Inmunidad mortal”, llevó los argumentos contra el timerosal a las páginas de Rolling Stone. El 8 de junio, The New York Times publicó un aviso de una página para Generation Rescue, organización que denunciaba: “Envenenamiento con mercurio y autismo: no es coincidencia”. Posteriormente, ese mismo año, el libro “Evidence of Harm: Mercury in Vaccines and the Autism Epidemic”, del periodista David Kirby, recibió enorme atención mediática. El senador Joseph Lieberman concluyó: “Asegúrense de que sus hijos reciban vacunas sin timerosal”.
Durante toda la crisis, el bando de “las vacunas causan autismo” se hizo de defensores más persuasivos que los áridos artículos y aburridos científicos que trataban de tranquilizar a los padres. El 18 de septiembre de 2007, la modelo y actriz Jenny McCarthy se presentó en el programa de Oprah Winfrey para describir la cura del autismo de su hijo Evan (que atribuye a MMR) mediante la combinación de dieta y un procedimiento que elimina metales pesados del organismo. Los investigadores no podían creer que tantos padres rechazaran las conclusiones del CDC, el Instituto de Medicina y la Academia de Pediatría de los EE. UU. (que luego de su debacle por el timerosal, reafirmó su postura pro vacunación).
La campaña antivacunas comenzaba a surtir efecto. A medida que los padres postergaban o rechazaban la inmunización de sus hijos, los chicos comenzaron a desarrollar enfermedades prevenibles y muchos de ellos morían. La cifra de casos de sarampión en Estados Unidos ascendió a 131 en el año 2008: la más alta en varias décadas. El mes pasado, cinco niños de Minnesota se infectaron con Hib y de ellos, cuatro tuvieron complicaciones graves, y el quinto falleció.
Una abrumadora mayoría de expertos en vacunas y autismo ya estaba convencida de que los padres exponían a sus hijos a un riesgo real movidos por un temor imaginario. Pero sólo el biólogo molecular Stephen Bustin, de la Universidad de Londres, logró comprender que la teoría MMR era un castillo de naipes. En 2004, la Suprema Corte del Reino Unido le pidió que inspeccionara un laboratorio de Dublín que había informado de la presencia de genes de sarampión en el intestino de niños autistas inmediatamente después de la inoculación MMR, una confirmación importante de la teoría de Wakefield. Era incómodo jugar al policía en el laboratorio de un colega, recuerda Bustin quien, no obstante, identificó varios problemas. Entre ellos, que el material genético que halló el laboratorio era ADN, pero los genes del virus de sarampión están compuestos de ARN. Y que el equipo estaba tan mal calibrado que los resultados dependían del lugar de la máquina en que se introdujera la muestra.
Desde 1999, cerca de cinco mil familias en EE. UU. hicieron demandas por daño ante una corte especial de vacunas. Uno de estos casos es el de Michelle Cedillo, una nena de 12 años con autismo grave, cuya audiencia dio inicio el 11 de junio de 2007. Antes de que terminara el proceso, la evidencia incluyó 939 papers de revistas científicas, libros de texto y testimonios que ocupaban miles de páginas de extensión. Uno de los testigos fue Bustin, quien explicó que el hallazgo de genes de sarampión en niños autistas era el fruto de ciencia de mala calidad. “En general, poco importa que un artículo científico tenga algún error”, señaló Bustin. “Pero en este caso, la precisión es de vital importancia”.
El 12 de febrero pasado, el juez especial George Hastings Jr. anunció su decisión en el caso Cedillo. Todos los estudios realizados para probar la hipótesis MMR de Wakefield, concluyó, “no mostraron evidencia de que la vacuna MMR estuviera relacionada con el autismo”. Además, las pruebas “distan mucho” de demostrar una vinculación con timerosal. Claro está, eso no pone punto final a los litigios.
Los padres dijeron que llevarán sus querellas contra los fabricantes ante la corte civil, con la esperanza de convencer a los jurados (mediante la fuerza emocional de niños enfermos) de lo que no pudieron demostrar en la corte de vacunas. ¿Y si también allí quedan absueltas las vacunas? En mensajes publicados en sitios antivacuna como GenerationRescue.org y SafeMinds.org, los padres dejan en claro lo que opinan de un sistema que supuestamente está “arreglado” y que utiliza vacunas que condenan a sus hijos a una vida de encierro entre los muros impenetrables del autismo. Quizá no deba extrañar que mucha gente se niegue a creer en la ciencia, con sus hipótesis tentativas, senderos sinuosos para encontrar respuestas y antecedentes de metidas de pata, como en el caso de la terapia de reemplazo hormonal. El día en que la corte anunció su decisión, Paul Offit, autor del libro “Autism’s False Prophets” (“Los falsos profetas del autismo”), señaló que “se gastaron decenas de millones de dólares para tratar de responder estas interrogantes [sobre las vacunas y el autismo]”, pero mucha gente “se niega a creer en la ciencia”. Tal vez, musitó, se deba a que “aunque es muy fácil asustar al público, resulta muy difícil disipar el miedo”.
Además, es imposible demostrar una negación como “las vacunas no causan autismo”. La tenue esperanza de encontrar un vínculo —quizá sólo los niños con variantes genéticas específicas tengan riesgo de desarrollar autismo tras la vacunación, o tal vez la vacuna sólo es peligrosa en combinación con otros detonantes ambientales— mantiene a los activistas en las barricadas. Wakefield, obstinado, criticó la decisión de la corte de vacunas por “no haberse basado en principios científicos definitivos”. Tras el dictamen, un poderoso grupo defensor, Autism Speaks, declaró que seguirá apoyando cualquier investigación que permita establecer si ciertos niños “con alteraciones médicas o genéticas subyacentes son más vulnerables a los efectos adversos de las vacunas”. Geraldine Dawson, directora científica del organismo, dijo que tienen el deber “de escuchar a los padres y atender sus inquietudes. No queremos cerrar la puerta”. Ni siquiera una puerta que, desde que se abrió hace 11 años, permitió la entrada de tantos y tantos demonios. Bastante malo es ya que el temor de la dicotomía vacuna-autismo haya socavado uno de los mayores éxitos de la medicina preventiva y aterrado a tantos nuevos progenitores. Lo peor es que haya desviado la atención y los millones de dólares necesarios para encontrar las verdaderas causas y tratamientos de una cruel enfermedad. n
Con jeneen interlandi.
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