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Nota de Tapa

La historia del poder

26-12-2008 /  Estudiar los mecanismos y la concepción del poder es tan ameno como esclarecedor. Su acumulación y despliegue es la clave de los cambios en todo el mundo.

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Por Jon Meacham

Barack Obama conoce una buena anécdota sobre Al Gore. Después de la elección de 2000, el hoy presidente electo fue a visitar a un ejecutivo en una oficina del centro de Manhattan. El hombre de negocios había sido un ardiente partidario de Gore, y el ex vicepresidente le había pedido recientemente que considerara la posibilidad de invertir en una nueva empresa televisiva. “Fue extraño”, le contó el ejecutivo a Obama. “Ahí estaba, un ex vicepresidente, un hombre que apenas unos meses antes había estado a punto de convertirse en el hombre más poderoso del planeta. Durante la campaña, yo recibí sus llamados a cualquier hora, modificaba mi agenda siempre que él quería reunirse. Pero esa vez, después de la elección, cuando entró a mi oficina, no pude evitar sentir que la reunión era una obligación. Odio admitirlo porque él me cae bien. Pero en cierto punto, no era Al Gore, el ex vicepresidente. Era sólo una de los cientos de personas que acuden a mí a diario buscando dinero. En ese momento me di cuenta de la montaña tan alta en la que ustedes están parados”. Obama, al narrar la anécdota en el libro “The Audacity of Hope” (“La audacia de la esperanza”), señala: “Una cuesta empinada, una caída atropellada”. Y, en el caso de Gore, la escalada otra vez hacia la cima de la montaña, a un premio Nobel de la Paz y a volver a ser una eminencia mundial.

Obama, que quizás sea ahora el hombre más poderoso del mundo, sabe que el poder es algo efímero, y que eso ocurre desde que el primer cavernícola lanzó una piedra a otro. En el imaginario popular, el poder tiende a ser visto de dos maneras, ambas extremas. La primera es totémica y táctica  (cómo avanzar en un trabajo, ganar amigos e influir en la gente). La segunda es épica y amorfa (el destino de los mercados, de muchas cosas y fuerzas globales que parecen estar más allá del control de cualquier persona, pero especialmente del nuestro).

El poder es ambas cosas, y más. En el fondo, se comprende mejor en relación con el mando y el control. Es la capacidad de hacer que otros actúen según nuestros deseos (la función de mando) o reordenar el ambiente que nos rodea (la función de control).

Estudiarlo de manera detallada y específica —cómo las personas consiguen el poder y cómo lo ejercen— no sólo es entretenido, sino también esclarecedor, ya que al comprender su acumulación y despliegue, posiblemente podamos aprender cómo cambiar el mundo.

El análisis del poder hace que mucha gente de centroizquierda se sienta un poco incómoda, porque puede ser ofensivo para ciertas sensibilidades democráticas. Asimismo, muchos partidarios de la centroderecha descubren que el tema les resulta inquietante, ya que produce inevitablemente ideas de una élite gobernante, algo que los conservadores, en las décadas recientes, decidieron despreciar con propósitos retóricos. De Platón en adelante, los filósofos luchan por definir el poder y, al hacerlo, distinguirlo de los demás impulsos que dan forma a las cosas que hacemos.

El inicio de 2009, el último año de la primera década del siglo XXI, es un buen momento para considerar la naturaleza del poder y de los poderosos, ya que el mundo está siendo reordenado de muchas maneras, en términos generales, por lo que mi colega, el periodista de Newsweek Fareed Zakaria, denomina “el ascenso del  resto”, el surgimiento de potencias como India, China y Brasil, y específicamente por la recesión mundial. Las consecuencias culturales, políticas y económicas de la catástrofe financiera no pueden ser sobreestimadas. La confianza irreflexiva en los mercados libres de trabas desapareció, y la preocupación parece ser más de una oleada temporal de inquietud que pasará cuando las cosas empiecen a mejorar. La caída de varios de los titanes de Wall Street elevó a burócratas y políticos en Washington, Beijing y Bruselas. Y existe uno en particular cuyo ejercicio del poder nos afectará a todos nosotros durante los años venideros: el presidente electo de EE. UU., cuya victoria y transición —acompañadas por la virtual desaparición del presidente Bush— marcaron un resurgimiento de la confianza global en el país. Un diplomático europeo de alto rango me habló, maravillado, sobre la capacidad estadounidense de cambiar el curso de las cosas con evidente rapidez y facilidad: el cambio de Bush a Obama —del vástago de una de las familias más nobles de Estados Unidos al hijo de un breve matrimonio entre una joven nacida en Kansas y un académico keniano, que vio a su hijo exactamente una vez— era asombroso.

En las siguientes páginas, usted encontrará una lista subjetiva de newsweek con las personas más poderosas del mundo de hoy y los años por venir. Las elecciones fueron bien meditadas, y creemos que cada una de ellas representa una parte del nuevo panorama global. Algunas son completamente sorprendentes; otras no. Quizás lo más importante es que cada una de ellas pasó la prueba del poder según acabamos de definirlo: son hombres y mujeres que están en el negocio de hacer que otros cumplan su voluntad o de tratar de cambiar la realidad en la forma que les resulte más agradable. Están al mando, o buscan el control. Naturalmente, hay algo más que una simple coincidencia. Los repudiables también están en la lista —Osama bin Laden es un ejemplo— como un reconocimiento de que el mal nos afecta).

No estamos emprendiendo esta tarea para delinear una élite basada en la riqueza, la clase social o los antecedentes educativos. Las figuras de este número son mundiales y fueron elegidas por sus méritos. Con todo, muchos de los nombres incluidos pertenecen a personas adineradas que se mueven en círculos altos y que asistieron a universidades célebres. Pero muchos empezaron desde muy abajo (como Obama) y lograron la prominencia mediante una combinación de determinación y buena fortuna. Parte del “sueño americano” de EE. UU. es que aquellos que trabajan duro tendrán la oportunidad de prosperar; ésta es, junto con la propuesta de que todos hombres son creados iguales, la promesa central de la empresa nacional del país.

En latín, la palabra “poder” se traduce como imperium, que evoca en gran medida al Estado, y tendemos a pensar en el poder desde el punto de vista político, es decir, en términos de nuestra relación mutua en el círculo público (las dinámicas de poder en las familias se limitan generalmente al ámbito privado, excepto cuando esas familias desempeñan funciones políticas, véase a los Kennedy, los Bush y los Clinton). En términos muy generales, el poder político en Estados Unidos pasó de ser el monopolio de la élite hacendada de la época revolucionaria del siglo XVIII, hasta la era del presidente Andrew Jackson, en el siglo XIX, cuando se concedió el sufragio a los hombres blancos que estaban más allá de la pequeña aristocracia tradicional. En el siglo XX, las mujeres y, por fin, los afroestadounidenses, fueron incluidos en la corriente principal. Ahora, en el siglo XXI, el mundo evoluciona una vez más. La energía política del país es controlada por un grupo más joven y más diverso que en épocas anteriores. Esto quiere decir que el rostro del poder está cambiando.

La adoración del poder por el poder es extenuante y desorientadora. El principal mito de la creación en Occidente se basa sólo en esta idea. En el Génesis, la serpiente logra seducir a Adán y Eva para desobedecer a Dios, prometiéndoles que el fruto del árbol prohibido los convertiría en dioses. En otras palabras, los haría más poderosos de lo que eran en su inocencia.
Está más de moda hablar de esa codicia no como un pecado, sino como la voluntad de poder, según la formulación de Friedrich Nietzsche, realizada en el siglo XIX. “Mi idea es que cada cuerpo específico luche por convertirse en amo de todo el espacio, que extienda su fuerza (su voluntad de poder) y que haga retroceder todo aquello que se resista a su expansión”, escribió Nietzsche, para quien el poder, y no el bien, era la principal preocupación. “Pero tropieza continuamente con esfuerzos similares de otros cuerpos y termina llegando a un acuerdo (‘unión’) con todos aquellos que están lo suficientemente relacionados con él: por lo tanto, conspiran conjuntamente para obtener el poder. Y el proceso sigue”. La respuesta moral es que algunas cosas son más importantes que el poder; el amor y la libertad, entre otras. El hecho de que la seguridad de tales virtudes requiera el empleo de la fuerza suele ser un elemento ineludible de la realidad, pero existe una diferencia entre la persecución del poder para la dominación y la subyugación y el uso del poder para hacer posible el viaje hacia lo que Winston Churchill denominó “los amplios y soleados altiplanos”.

Sin embargo, la sombría visión germana penetró en varios elementos de la vida moderna. El resentimiento de quienes están a cargo del estado industrializado en una época de medios masivos de comunicación se muestra vivamente en el trabajo de C. Wright Mills, que publicó “The Power Elite” (“La élite del poder”), en 1956. La visión de Mills muestra una desesperación no demasiado sutil: “Los poderes de los hombres comunes están circunscritos por los mundos cotidianos en los que viven, y sin embargo, incluso en esas rondas de trabajo, familia y vecindario, con frecuencia parecen impulsados por fuerzas que no pueden ni comprender ni gobernar... Pero no todos los hombres son comunes en ese sentido. A medida que los medios de información y poder son centralizados, algunos hombres llegan a ocupar puestos en la sociedad estadounidense desde los que pueden mirar hacia abajo, por así decirlo, y con sus decisiones pueden afectar en gran medida los mundos cotidianos de los hombres y mujeres corrientes”. Es probable que Sarah Palin coincidiera con Mills, por lo menos en la parte de mirar hacia abajo.

Pero el poder en Estados Unidos y en otras regiones atraviesa cambios direccionales que complican el argumento de Mills. En efecto, todavía hay árbitros culturales, y por supuesto, los presidentes, legisladores y ejecutivos ejercen una enorme influencia. Sin embargo, es discutible que la tecnología nos haya dado la cultura (y quizás la política) más democrática que el mundo haya visto quizás desde la fundación de la democracia ateniense. De maneras que apenas empezamos a comprender, Internet está cambiando las formas en las que el poder se acumula y ejerce.

Éste es un tema que Al Gore —quien sabe mucho de las vicisitudes de la fortuna— comprende bien. Desde el punto de vista de Gore, estamos a la mitad de un punto decisivo en la historia del poder, un momento semejante a la aparición de la imprenta, en Europa, a mediados del siglo XV. La proliferación de la información impresa ayudó a alimentar el surgimiento de la democracia hasta que, en opinión de Gore, la televisión reemplazó a la letra impresa como el medio político central. Ahora, Internet reduce las barreras para la información, al igual que Gutenberg, y da los medios a cualquier persona que tenga algo que decir. La Web no sólo es una fuente de información, sino también una plataforma en la que podemos participar de la vida del nuestros países y también del mundo.

El otro nuevo factor en el juego del poder mundial de 2009 es Obama mismo. Muy instruido, tecnológicamente hábil, políticamente sagaz, llega a la Casa Blanca en un momento terrible, pero con grandes expectativas. “Se debe considerar que no hay nada más difícil, ni tiene un éxito más dudoso, ni es más peligroso de manejar, que iniciar un nuevo orden de cosas”, dijo Maquiavelo. Si hemos de creer a Immanuel Kant, incluso el frío intelectualismo de Obama es peligroso: “No se espera que los reyes filosofen ni que los filósofos se conviertan en reyes, y ello tampoco es deseable porque la posesión del poder corrompe inevitablemente el libre juicio de la razón”. Platón decía lo mismo.

Obama rechazaría la formulación kantiana como una falsa opción: es posible ser un rey que gobierne con el beneficio de la filosofía. ¿Y cuál es exactamente la filosofía del poder de Obama? Es un hombre con una visión trágica del mundo: sabe que, aunque el progreso es posible, la perfección no lo es, y al parecer, asumirá el cargo con una apreciación de los límites de la política y la naturaleza fugaz del poder. Como lo indica su historia sobre el ex partidario de Gore, Obama es un estudioso del tema.

La descripción de la conversación sobre la caída del poder de Gore incluía las meditaciones propias de Obama sobre la forma en que Gore podría haberse sentido ahora que su visita, que alguna vez fue un honor, se convertía en una “obligación”.

“Sentado allí... Tratando de sacar el mayor provecho de una mala situación, podría haber pensado lo ridículas que eran las circunstancias en las que se encontraba; cómo después de una vida de trabajo podía haberlo perdido todo debido a un voto de efecto mariposa que no se alineó, mientras que su amigo, el ejecutivo, sentado enfrente de él con una sonrisa condescendiente, podía permitirse el lujo de quedar en segundo lugar en su rubro d e negocios,  año tras año, y así y todo ser considerado exitoso y disfrutar del ejercicio del poder”, escribió Obama. “No era justo, pero eso no cambiaría la realidad del ex vicepresidente”.

También es un hecho que, algún día, el poder de Obama se desvanecerá, al igual que el de otras de las personas que aparecen en la lista de esta edición.
Lo que hagan con él determinará la forma en que se contará su propia historia.                                       

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Comentarios (1)
Profesiones ON-LINE
23:28 hs.
13.01.2009
Muy buen artículo, lo voy a publicar en http://www.profesioneson-line.com
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