Marcelo Ramón Lascano
Las conjeturas son necesarias para imaginar qué puede suceder después de algún hecho o acontecimiento que reclamó nuestra atención. Con las limitaciones propias del principio que proclama que no hay ciencia del futuro, es válido conjeturar sobre el porvenir en temas de interés, cualquiera fuere su orden de importancia.
En esa inteligencia, averiguar cómo les fue a los norteamericanos después de las grandes crisis que protagonizaron parece un ejercicio interesante. Éste no tiene nada de audaz si a partir de algunos registros del pasado, simplemente se intenta encontrar algunas respuestas razonables en función de los antecedentes disponibles.
Bien: supuesta la utilidad del método, puede afirmarse que después de cada crisis, entendida como fuerte conmoción o sobresalto, los EE.UU. siempre o casi siempre salieron fortalecidos, por supuesto, no sin costos, que regularmente pudieron ser absorbidos y aun superados por los beneficios. Si esto es así, es dable afirmar, entonces, que de esta difícil coyuntura también pueden resultar ganadores, extremo que deja abierto un gran arco de posibilidades donde cada uno puede intentar moverse libremente.
Poco tiempo después de la Guerra de Secesión (1861-1865), la crisis de 1873 les permitió consolidar definitivamente el modelo industrial de filiación norteña y el comienzo de su ininterrumpida expansión comercial y financiera en el resto del mundo, ello con independencia de encarar incursiones territoriales y geopolíticas como las que acompañaron tempranamente su formación nacional, es decir desde 1776. La Doctrina Monroe (1826) y la promoción de la Unión Panamericana (1890), configuran un escenario geopolítico de altos rendimientos para el futuro capitalismo americano.
La Primera Guerra Mundial (1914-1918), gracias a una inquietante amenaza de Alemania contra naves neutrales, ofreció la oportunidad de entrar en el conflicto (1917) y sin mayores daños participar de los dividendos con los aliados, y de paso, rivalizar y empezar a limitar la expansión económica y política liderada, hasta entonces, por las potencias europeas, sobre todo el Reino Unido, Alemania y Francia. A partir de 1914 comienza la ofensiva en la Argentina con la instalación de Ford Motor Company.
La crisis de 1929 con epicentro en Nueva York, probablemente constituya el principal eslabón que puede abonar la conjetura con que inicio este trabajo. Ese gran fenómeno o epidemia ecuménica, fue responsabilidad exclusiva de los excesos inmanentes a la hegemonía política y económica de los símbolos y de las inclinaciones lúdicas que poblaban la atmósfera de los negocios. Cuando éstos magnifican su importancia frente a la producción real y al empleo, toda la sociedad se descarrila, se desorienta y aparecen como consuelo anuncios de otra aurora que no siempre aparece.
Esta vez la cuestión no fue sencilla. Empero, también los EE.UU. salieron finalmente triunfantes. La crisis duró mucho más de lo previsto. Se trató de una profunda fractura, no de un plateau como había sentenciado Irving Fisher. La Segunda Guerra Mundial (1939-1945), a la cual ingresaron activamente en diciembre de 1941, les permitió movilizar su economía, abastecer a los aliados, hacerse acreedores del mundo y hasta organizar el futuro sistema financiero internacional en la cumbre de Bretton Woods (1944). Las soluciones, o el modelo, se ajustaron al criterio del delegado del Tesoro, Harry Dexter White, frente a las iniciativas de Keynes, a la sazón representante del Reino Unido. Otra vez supieron transformar la ocasión en una oportunidad. La paz (1945) consagró a un hegemónico protagonista. Le siguió la Unión Soviética, pero a distancia y por poco tiempo, hasta los años ’70.
Por supuesto, no todas fueron rosas en el ascendente itinerario. La Guerra Fría (1947), los shocks petroleros en 1973 y 1978, desventajas en la carrera por la productividad frente a Europa y Japón entre 1967 y 1978, sin olvidar los avances soviéticos en actividades espaciales y cohetería y el desafío de los misiles de Kruschev en Cuba a comienzo de los ’60. Sin embargo, el anunciado fin del imperio no llegó, ni siquiera después de Vietnam y de varias presidencias cargadas de incógnitas y frustraciones como fueron las de Nixon, Ford y Carter. La caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la Unión Soviética (1991) recuperaron el espíritu del país y le garantizaron otras décadas de liderazgo.
En el medio, varias crisis financieras se sucedieron con diferente repercusión. Tal el caso, por no citar sino singularidades ruidosas, los desarreglos financieros registrados en 1987 y 1998 que espantaron los ánimos de los partidarios del progreso indefinido. El susto fue tan significativo que “una nueva arquitectura del sistema financiero internacional” inauguraría una nueva era. No pasó absolutamente nada. Los “derivados” y los nuevos “vehículos estructurados” junto con la proliferación de actores sin responsabilidad ni supervisión, poblarían el nuevo escenario de la única globalización irrestricta: la financiera. La historia no tuvo fin.
Ahora la cuestión sugiere averiguar cómo termina este capítulo, porque los EE.UU. están lastimados, pero cuidado, al igual que el resto del globo, probado que el desacople no existe ni podía existir en un mundo de fuerte interdependencia financiera. Para ofrecer una conclusión razonable, estimo que zafarán, esta vez de la mano de Barack Obama, de la misma manera que lo han hecho antes, por cierto ajustando los procedimientos y entendimientos con socios que comprendan la cuestión nacional norteamericana, como Brasil en el vecindario, por ejemplo.
Algunas gruesas razones abonan esa afirmación. En primer lugar los EE.UU. configuran una unidad nacional definitivamente consolidada. En segundo, la incuestionable supremacía económica y sobre todo tecnológica, los posiciona convenientemente frente al resto de los competidores. Tercero, la ventajosa alianza con China, de esto se trata (Nixon, 1972), les asegura financiamiento, escala, exportaciones desde Asia y precios internos moderados. Europa y Japón, que durante los ’70 los habían superado en siete u ocho áreas avanzadas entre diez escogidas, tampoco superaron la reacción que vino de la mano de Reagan (1981-1989) y su obsesión anticomunista, que de paso, doblegó a la Unión Soviética y consiguió la democratización de Europa oriental.
La década perdida de Japón (los ’90), los conflictos y la reinvención de Rusia hasta su reciente recuperación, Putin mediante, más una Unión Europea donde los acuerdos resultan cada vez más difíciles, parecen despejar el camino para que los norteamericanos renueven, aunque de otra manera, su liderazgo por unas décadas más. Si Europa no unifica sus objetivos y procedimientos, habida cuenta de que es ingobernable un sistema sin constitución ni políticas macroeconómicas compartidas y sin moneda común para todos y no sólo para quince de los veintisiete miembros, parece que las condiciones no están todavía maduras para los reemplazos. Rusia debe demostrar que su desarrollo está menos dependiente de la exportación de recursos naturales y China que podría convivir sin la simbiosis con los EE.UU., hasta ahora recíprocamente provechosa.
Ahora bien: la historia no es lineal y existen lo que los historiadores clásicos denominaban los imponderables. Si éstos no existieran, la suerte temporal de los imperios hubiera sido otra. Está en Obama y en su inteligencia estratégica prorrogar la duración “del destino manifiesto”. Tiene una nación cargada de dificultades como las que tuvo Ronald Reagan y ahora con lastres como Irak y Afganistán, entre otros, pero sin rivales inmediatos que amenacen la hegemonía y la estabilidad de los intereses norteamericanos. Otra vez la crisis puede ser una oportunidad, y van… Entonces, para nuestra acción inmediata es válido recordar aquello de “argentinos a las cosas” como nos aconsejó Ortega en Meditación del pueblo joven” hace casi un siglo.