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Juan Martín Del Potro
A un paso de la gloria
Ascenso: Del Potro ocupa el puesto 9 del ranking mundial y es el 1 de la Argentina.
19-11-2008 /
Superó un drama familiar y un récord de lesiones. En seis meses subió del puesto 81 al top ten. Ahora quiere entrar en la historia.
Por Sebastián Catalano y Lucila Rolón
Manuel mallo se muere por fumar. pero no, no se permite ni siquiera una mínima pitada. A ver si por culpa de él, de su compromiso quebrado, se va todo al demonio. Promesas son promesas y él le juró a su amigo Juan Martín del Potro que iba a dejar el cigarrillo. Y dejó. “Cortala con el pucho”, insistía Juan Martín. “Cuando ganes el próximo torneo, dejo”, le había propuesto Manuel, en un asado en Tandil, mientras soplaba anillos de humo en la sobremesa. Corría julio de 2008 y Del Potro iba de mal en peor, con una dolencia seria en la espalda, en medio de una carrera signada hasta ese momento por lesiones —tanto, que hasta pensó en abandonar el tenis— y con malos resultados en la primera mitad del año. Así las cosas, su amigo de toda la vida pensó que iban a pasar largos meses antes de tener que cumplir su promesa. Error: a las pocas semanas, el deportista —Delpo, Palito, Torre— festejaba cuatro títulos al hilo en Stuttgart, Kitzbühel, Los Ángeles y Washington, y daba comienzo a una racha imparable que lo llevaría a disputar el Torneo de Maestros de Shanghai, convertirse en el número uno de la Argentina y ser la esperanza nacional para enfrentar a España en la final de la Copa Davis, esta semana en Mar del Plata.
Flaco, desgarbado, de 20 años y 1,98 metros de altura. Así es Del Potro, la nueva promesa del tenis argentino. El mismo que hoy comparte laureles a nivel local con David Nalbandian, con quien tiene una relación que fluctúa entre la admiración que siente Del Potro por el tenis y el carisma del cordobés, y la incompatibilidad de dos personalidades que parecen estar en las antípodas.
Del Potro también es el chico del interior, que nació en una familia de clase media bonaerense y que casi ni pasó por la Capital: derecho a Ezeiza y al mundo. Amiguero, buen alumno, desvergonzado, fanático de Boca y del fútbol. Ostenta nervios de acero, pero se apoya en Dios cada vez que entra a la cancha, y se persigna pensando en su hermana mayor, Guadalupe, que murió en un accidente de tránsito a los 4 años, cuando él tenía 2. “Me cuida desde arriba cada vez que juego”, confesó a NEWSWEEK con lágrimas en los ojos, hace unos días, en París. Y no habla más del tema. Nadie en su familia lo hace, aunque los Del Potro están convencidos de que buena parte del talento y la suerte de Juan Martín tiene que ver con cierto legado, una ayuda extra que nunca lo abandona.
El último día de la primavera, Juan Martín nació como héroe. Tras derrotar al ruso Igor Andreev en tres sets, abrió la boca grande para gritar el pasaje de la Argentina a la final de la Davis. Dos días antes había aplastado a Nikolay Davydenko y pisó la cancha del Parque Roca repleto luego de dos caídas que hicieron tambalear el boleto a la final: la de dobles y el cuarto punto de Nalbandian.
Cuando los micrófonos se encienden, Del Potro define al cordobés como “El rey”. Pero después de la semifinal la relación se hizo más distante y ambos fueron los protagonistas estelares de una dura discusión por la sede de la final. De entrada, Nalbandian pegó dos gritos y creyó que, como siempre desde que Alberto “Luli” Mancini es el capitán de la Davis, se iba a hacer su voluntad. Quería jugar en Córdoba y supuso que tenía todo a su favor: apoyo político (del gobernador Juan Schiaretti) y económico (del Banco de Córdoba, un viejo sponsor suyo que además apoya a su equipo de rally), además de un estadio cubierto donde se podría montar una cancha rápida: el arma decisiva contra Rafael Nadal, que por entonces sí venía.
Del Potro —sus representantes, en realidad, encabezados por su papá, Daniel— propuso tímidamente a Mar del Plata, vecina de Tandil. Y también protestó por el reparto inicial de premios. Pero la idea de una final frente al mar creció rápido cuando el gobernador Daniel Scioli levantó el teléfono y prometió casi US$ 10 millones para inversiones. Así, “La Feliz” ganó la pulseada. Desde Mar del Plata dicen que Nalbandian, que adhiere mejor que nadie a la doctrina del “business are business”, no va a perdonar nunca la movida del entorno del benjamín del grupo. “(Nalbandian) es muy engreído”, confía un allegado. “Todos los tenistas lo son, pero él, más”. No todo fue guerra de egos, claro: también hubo puja por dinero. Con la opción Córdoba, el que más ganaba era Nalbandian, pero ahora el reparto será algo más equitativo. “Los jugadores no juegan por amor a la patria”, echó leña al fuego Enrique Morea, presidente de la Asociación Argentina de Tenis. “Los últimos saludos entre los dos jugadores fueron muy fríos. Hay pica”, asegura alguien que conoce la intimidad del grupo, aunque augura que los problemas sólo podrían salir a la luz en caso de derrota. Si bien no trascendieron cifras, de los US$ 10 millones bonaerenses, poco más de un tercio irían para jugadores y cuerpo técnico.
Del Potro lleva ganado, sólo en premios oficiales, casi US$ 2 millones. Pero el tandilense dice no saber cuánta plata tiene, y aclara que sus “cosas” las maneja su papá. Igual, los jugadores, por pudor, no hablan de dinero. Y dicen que sólo se concentran para jugar y ganar. El interés del público por la final es tan alto que se puede pagar en la reventa hasta $ 10.000 por un abono en el Polideportivo.
Los que seguro van a estar en la tribuna son Gonzalo Fernández, Tomás Aramburu, Juan “Winny” Ferraro y José Osa. También, claro, Manuel, el ex fumador. Lo primero que se entiende al ver juntos a los chicos de Tandil —una suerte de “barra brava delpotresca”— es por qué Juan Martín nunca estuvo acomplejado por su estatura, aunque ya medía 1,95 m a los 14 años: todos sus amigos son altos y desgarbados. Todos van a estar en Mar del Plata, con los mismos bombos que llevaron a Parque Roca.
Tandil debe ser uno de los lugares de la Argentina con más zapatillas anaranjadas por metro cuadrado. Y no es moda, sino polvo de ladrillo. La ciudad bonaerense respira tenis. De sus canchas salieron los Pérez Roldán —Mariana y Guillermo, que llegó a ser 13 del mundo—, Mariano Zabaleta (21 en 2001) y Juan Mónaco, que fue 14 a comienzos de año. Ahora, Juan Martín.
La familia Del Potro vive en pleno Falucho, un barrio de clase media y casas parecidas. Mamá Patricia es profesora de Literatura, papá Daniel es hombre de campo y veterinario, aunque ahora se afianza como manager. Julieta tiene 18, está en plena recta final del secundario y disfruta del tenis de su hermano en todo sentido: ella se quedó con la cupé Mercedes-Benz que ganó su hermano en Stuttgart. “A la noche, cuando me acosté, pensé: ‘Le di el auto a mi hermana, ¡soy un tarado!’”, dijo el jugador al otro día del gesto fraternal.
En el Club Independiente todavía recuerdan a De Potro como un futbolista habilidoso. Iba a jugar al fútbol, pero antes pasaba por las canchas de tenis. Y un día le dieron una raqueta para esperar un entrenamiento. “Al día siguiente empecé a tomar clases, sin abandonar el fútbol. Así fue hasta los doce años, cuando tuve que decidirme. Y elegí el tenis”, dice.
Marcelo “el Negro” Gómez, su entrenador desde los seis años, se dice “papá postizo de Juan Martín”. Y lo define como muy aplicado, atento y, desde siempre, extremadamente competitivo, “un chico con la cancha de tenis en la cabeza”. Gómez resalta su gran habilidad para mantener en alto la concentración durante mucho tiempo. Y también recuerda que los padres de Juan Martín no se metieron nunca en su trabajo ni presionaron a su hijo para que gane. Tampoco lo acompañaron durante los viajes. Al principio porque era muy caro y, después, porque Juan Martín se ponía nervioso y no los dejaba, como confió el tenista después de ganar la semifinal de la Davis.
En Tandil, las aguas están bien divididas. De un lado, los que destacan el apoyo incondicional de los Del Potro para con su hijo, quienes hasta debieron vender varias hectáreas de campo para financiar la carrera “del nene”. Del otro lado, están los que reconocen el esfuerzo, pero critican la nueva jactancia de la familia: “De no ser nada y no tener nada, ahora se creen estrellas”, desliza un vecino que pide que no lo nombren, “por las dudas”. Las críticas también apuntan a que los Del Potro adquirieron un perfil subterráneo. Pueblo chico, infierno grande. “Sí, pero reciben bien a quienes piden novedades de su hijo. Al principio costó, pero se acostumbraron”, dicen otros tandilenses.
Juan Martín fue al San José, un colegio tradicional de Tandil, desde el jardín hasta 8º año. Terminó a distancia, rindiendo materias libres, por sugerencia de su madre. “Ella no quería que dejara el colegio porque no sabía cómo le iba a terminar yendo”, recuerda Silvina Andrade, su maestra de matemáticas de sexto grado. Juan Martín fue un alumno aplicado y sociable, que odió perderse el viaje de egresados a Bariloche con sus compañeros y lamentaba desde el exterior privarse de actividades que el grupo realizaba en conjunto.
Nancy Algañaraz, su maestra de lengua, lo recuerda con el guardapolvo blanco, sentado en el aula, con la cabeza asomando por sobre la de sus compañeros. “Era muy cariñoso. Cuando volvía de los viajes, traía las fotos para compartir con todos”, dice.
Roger Federer, el suizo número dos del mundo y uno de los mejores de todos los tiempos, define a Del Potro como un chico “cool”. Para su actual entrenador, Franco Davín, es “un jugador tranquilo, una persona muy acorde a sus 20 años, aunque también más maduro que un chico de esa edad”. Davín se convirtió en su entrenador en febrero de este año, cuando Delpo penaba el calor de Buenos Aires, deprimido y con la espalda rota por haber levantado pesas con una técnica inadecuada. No era su primera lesión: desde comienzos de 2006, había tenido que abandonar ocho torneos. “Franco me devolvió la alegría”, dice hoy el jugador.
“La barra de Tandil” está más que entusiasmada con la final marplatense: va a ser la segunda vez que puede acompañar al famoso del grupo de cerca y no por televisión. Después, sea cual fuere el resultado, a festejar. “Juan entrena y después se junta con sus amigos a tomar mate y charlar. Sale con ellos, con alguna chica a tomar un helado...”, explica el entrenador. El propio jugador señala que sus amigos son su verdadero cable a tierra. Con ellos se reúne en su departamento cerca del Zoo de Palermo. Si es viernes, comen patitas de pollo con puré, escuchan música y se preparan para viajar a Tandil. Si es sábado, la cosa cambia. Hacen una previa mientras toman vodka con jugo, fernet y cerveza, y luego salen hacia algún boliche a compartir los VIP a los que accede el amigo famoso. La popularidad hace que Del Potro arrase con las chicas. “Pero ya éramos todos medio ‘tiburones’ desde antes”, se ufana otro del grupo.
Del Potro es ese chico “cool” que le cae bien a Federer, pero a quien emocionó más actuar en “Casi ángeles” —la serie de televisión de la que se confiesa fan y en la que debutó como actor haciendo de él mismo— que jugar contra el suizo. Es el mismo que se enferma si no tiene acceso a Internet a mano para hablar con su familia, el que ni loco atiende el celular si no sabe quién llama. El que “ama” a Angelina Jolie, aunque las revistas de espectáculos insisten en su romance secreto con Luciana Salazar. El largo de saque potente y piernas interminables. Alguien que se anima a desafiar a un “intocable” como Nalbandian diciendo: “Hay que tener contento al Rey”, en medio de la puja por la sede de la final. Pero que enseguida aclara: “Ojalá que David nos saque una vez más las papas del fuego”. Juan Martín del Potro, el chico de Tandil que sueña irse de vacaciones con la Ensaladera en la valija. El que con sólo 20 años está a un paso de la gloria y de entrar para siempre a la historia del deporte argentino. n
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