Eduardo Anguita
Para no pocos analistas, la Argentina debe salir al mundo; pero cuando la presidenta Cristina Fernández se va de viaje por África está perdiendo el tiempo. Argelia, además de una historia apasionante signada por la liberación de la Francia colonial en 1962, es el segundo país en extensión de África, tiene 35 millones de habitantes y es rico en petróleo, gas y minerales. Argelia compró a la Argentina unos 900 millones de dólares (aceites y leche en polvo básicamente) y sólo le vendió unos 100 millones en lo que va del año.
La delegación de funcionarios de Agricultura e Industria, sumada a empresarios del sector, fue dirigida a explorar nuevos mercados, de más valor agregado, así como a fomentar joint-ventures. Los agoreros dicen que lo importante es estar al comando en los temas centrales, léase la hecatombe financiera. Pero Cristina pasó por Washington y para esos analistas lo importante es ¡que llegó tarde a la foto!
Raúl Alfonsín había pasado por Argelia en 1984, casi un cuarto de siglo atrás. Y ese viaje dejó una intención que no pudo ser barrida por la política que con el menemismo produjo el desmantelamiento de la energía nuclear civil de uso pacífico. Porque, al año de la visita de Alfonsín, la empresa estatal rionegrina Invap firmó el contrato para la construcción del reactor Nur, que produce radioisótopos a escala de laboratorio y le permitió a Argelia dar pasos sucesivos en la producción de energía nuclear.
Además, Invap realizó la capacitación de los ingenieros argelinos. No cabe duda de que Invap es una rara avis: fue fundada en 1976, pero por un impulso de 1973, cuando Héctor Cámpora llegaba al gobierno. Se salvó de ser descuartizada por las dos olas liberales –la genocida de la dictadura y la decadente de la democracia de los noventa– y hoy es el único instituto argentino –valga la paradoja– reconocido por la Nasa norteamericana para encarar proyectos espaciales. El reactor Nur fue el impulso para Opal construido en Australia y el Eppr, hecho hace dos décadas en Egipto.
Precisamente ese país será visitado por la Presidenta dentro de dos días. Allí Invap está en carrera para la construcción de una central nuclear cuya licitación se abrió a principios de este año. Asociada a una empresa finlandesa, Invap ya pasó los primeros filtros y quedó en carrera junto a otros cinco oferentes. ¿Quiénes están fuera del mundo? ¿No forma parte de una gira presidencial, entre otras cosas, poner en valor una compañía estatal provincial que sobrevivió al desmantelamiento?
FANON Y CASULLO. Algunas cosas muy importante nos estamos perdiendo los argentinos si seguimos consumiendo la cantidad de publicaciones cuya orientación –siempre independiente– es creer que el mundo empieza y termina en el entorno de las grandes corporaciones. Por caso, el Citigroup, pieza clave de aquella Argentina de los noventa –que sí “estaba en el mundo”– acaba de anunciar que echará a 50.000 empleados. Y el Citi no fue excluido de la agenda de la Argentina actual, muy por el contrario, fue convocado por el gobierno para dar una puntada más a la deuda de los tenedores de títulos públicos, pero esa intención quedó sujeta a lo que pase en esa parte del mundo, al que se lo llamaba primero.
El otro mundo es el de los condenados de la tierra, parafraseando el título del libro póstumo de Franz Fanon, que murió en 1961, un año antes del triunfo de la revolución nacional. Es decir, el mundo de la integración complementaria, el que permite potenciar capacidades argentinas y aprovechar las de otros países de desarrollo medio y menos que eso.
La mención a Fanon, hablando de Argelia, merece al menos un párrafo. El talentoso pensador y militante nacido en Martinica, por entonces también colonia francesa, se instaló en Argelia y trabajaba en secreto para el Frente de Liberación Nacional, al tiempo que se desempeñaba como psiquiatra en un hospital donde asistió a muchos de los torturadores colonialistas, tal como dejó retratado en dicho libro. Fanon no sólo denuncia el horror de la tortura sino que también señala cómo la psiquis del torturador queda dañada. A la lucidez intelectual del planteo se suma su valentía, de no limitar su mirada a la víctima sino al victimario, que tampoco sale indemne aunque se sienta vencedor y poderoso.
No hubiera aceptado prologar ese libro Jean Paul Sartre si no lo hubiera impresionado la figura de Fanon. Sartre no hubiera justificado la violencia revolucionaria –era un existencialista y pacifista militante– si la Francia colonial no hubiera producido tanto daño, en una guerra de ocupación que costó casi un millón de muertos y que le dejó a los franceses un grupo de militares con una mente totalitaria (la famosa OAS) a los que Charles De Gaulle pudo meter en caja con detenciones, juicios y no pocos fusilamientos.
A propósito, uno de los estudiosos de Sartre en la Argentina fue Nicolás Casullo, pensador y militante argentino muerto hace apenas 40 días. El agudo Casullo propuso repensar el yo, pero como una categoría que escapa a lo individual, que refiere a cómo nos construimos como sujetos de acuerdo con la sociedad en que vivimos. Casullo refiere al yo enfermo, nunca inocente sino sucio, hipócrita, del que hablaba Sartre describiendo el ambiente de una sociedad como la que le tocó vivir de los fines de la Francia colonial después de la ocupación nazi.
Cuando miramos el mundo, ese que subyuga a quienes desprecian la integración de la periferia, sepamos que lo hacemos desde un yo que puede ser, como decía Sartre, “un cómplice de todas las criminalidades. Puede revelarnos un rostro odioso: el nuestro”. Para salir de eso, hay que rebelarse contra los que quieren alineamiento con los poderosos y rebelarse también contra el yo que no siempre nos deja ver el mundo de acuerdo con nuestros sentimientos e intereses, sino a aquellos que se siguen mostrando como los dueños del mundo.