País
Sur
Caso efedrina

El sótano de la mansión sería el escenario del triple crimen


Foto: Sur.
15-11-2008 /  El fugitivo De Carli no estaba en Miami sino escondido en la casa.
Por Ricardo Ragendorfer
rragendorfer@miradasalsur.com

Desde el principio todo apuntaba hacia el partido de General Rodríguez. Tal indicio tenía su razón de ser en el trayecto emprendido en la tarde del 7 de agosto por la camioneta de Damián Ferrón según las cámaras de los peajes. Por ese motivo, la fiscal Ana María Yacobucci –que por entonces sólo investigaba la desaparición de los tres jóvenes– se comunicó por teléfono con la comisaría local. Y preguntó si hubo en los últimos días algún hecho anormal.

–Está todo en orden –fue la respuesta.

Quien estaba en el otro lado de la línea era nada menos que el teniente Darío Atrio.
Exactamente seis semanas después, ese hombre de porte atlético y pelo castaño declararía en el juzgado federal de Campana. Estaba de pésimo talante y en su rostro se advertían las huellas del insomnio. Durante la madrugada del miércoles había sido detenido junto al agente del Servicio Penitenciario Miguel Lombardi y la funcionaria municipal Cristina Otero por su posible vinculación con el triple crimen.

–¿Qué vínculo mantiene con Hernán De Carli? –le disparó el juez Federico Faggionatto Márquez, en referencia al propietario de la fastuosa quinta que la policía había allanado ese mismo día.   

–Ninguna. Jamás lo he visto –dijo el oficial.

–¿Y el vehículo Dodge RAM en la que solía desplazarse?

–Lo vi alguna vez.

–¿Y jamás atinó a revisar sus papeles, dado que se desplazaba con una patente en la que sólo decía Swat?

–No. Porque me habían dicho que era de una persona muy poderosa.

–¿Conoce la mansión ubicada en la calle Los Tilos al 400

–De afuera. Es una casa muy elegante.

–¿Conoce a Manuel Poggi (el funcionario local detenido por alquilar un galpón en donde se hallaron tambores con restos de efedrina)?

 –No.

–¿Nunca estuvo con él y otras personas en una estación de servicio GNC situada en las afueras de General Rodríguez?

–Nunca estuve allí.

Entonces el juez, ya al borde de la exasperación, quiso saber si Atrio tenía un vehículo propio. Éste respondió que sí.

–¿Qué tipo de combustible usa? –insistió Faggionatto.

–Funciona con gas.

–¿Y no conoce una de las dos estaciones de servicio GNC que hay en su ciudad?

–Sí. Pero nunca me reuní allí con nadie.

–¿Al menos, conoce el lugar en el que fueron hallados los tres cadáveres?

–No. Nunca voy a la zona rural.


Atrio luego dijo que es víctima de una interna policial; al respecto mencionó a un teniente llamado Ocampo, quien –según sus dichos– desea reemplazarlo como jefe de calle.

En este punto, el juez tragó saliva: Ocampo es un instructor de la causa enviado por la Procuración. La indagatoria al policía culminó a la tres de la madrugada del viernes.

Lo cierto es que en otra madrugada, unos ladridos arrancaron de la modorra al sereno de un quincho situado en el kilómetro 11 de la ruta 6; en ese instante también escuchó el sonido de unos autos que aminoraban la marcha; se trataba –al parecer– de la ya famosa Dodge RAM y una camioneta policial. Sus únicos ocupantes –dos tipos vestidos de negro– departieron durante un rato a la vera del camino y, cada tanto, volteaban la vista hacia un zanjón. Bajo la tenue luz de la luna, el cuidador –cuyo apellido es Molina– pudo reconocer al oficial Atrio. La descripción de su acompañante coincidía con los rasgos del acaudalado De Carli. Tal vez un inexplicable sexto sentido hizo que Molina fotografiara la escena con su celular. Eran las 4.30 de la mañana del miércoles 13 de agosto. Unas 12 horas después serían encontrados allí los cadáveres de Sebastián Forza, Damián Ferrón y Leopoldo Bina.

El terror ante semejante coincidencia hizo que Molina pusiera los pies en polvorosa. Pero antes relató lo ocurrido a un periodista de General Rodríguez; éste incluso habría visto la fotografía en cuestión. A la vez habría visto un extraño encuentro celebrado en la ya mencionada estación de servicio; sus participantes: De Carli, Bina, Ferrón, el mexicano Rodrigo Pozos Iturbe –otro de los detenidos–, Poggi y la funcionaria Otero. Tal cónclave habría tenido lugar durante abril del 2008, y fue confirmado por los empleados. El periodista –que declaró el 11 de noviembre como testigo de identidad reservada– también dijo que Bina y Rodrigo fueron vistos al volante de esa RAM. Ahora la policía intenta localizar el paradero de Molina. La foto que atesoraría su celular –en  caso de existir– sería una clave para resolver el hecho. En tanto, De Carli –tal como prometió su abogado, Gustavo Heschem– regresaría de Miami el próximo lunes para aclarar su situación. Sin embargo, en el juzgado de Campana están convencidos de que, durante el allanamiento, el empresario estaba oculto en algún recoveco secreto de su propiedad.

El falso agente. Aunque sea prematuro decir que De Carli esté involucrado en el triple crimen, no se puede negar que Faggionatto es un verdadero descubridor de talentos: en 1994 –de acuerdo a sus allegados– el hombre que ahora está bajo la lupa de la investigación “no tenía dónde caerse muerto”; ahora, además de su mansión bonaerense –con 15 habitaciones, una muralla perimetral con 12 cámaras, pileta  con olas artificiales y un salón de fiestas bajo tierra–, posee otra propiedad en Bal Harbor valuada en más de 5 millones de dólares, además de varios vehículos, entre los que resalta la ya célebre Dodge RAM (100 mil dólares) y una Harley Davidson de colección (70 mil dólares), entre otros bienes. Un ejemplo de movilidad social. Pero exagerado, sin duda, para alguien que sólo se dedica a la venta minorista de cortadoras de césped en un local ubicado en Bernardo de Irigoyen al 500. Esa ocupación, junto a su fervor por las armas y la manía de ostentar credenciales de la DEA y del grupo Swat, son los únicos detalles que han trascendido sobre su vida. Sin embargo, Miradas al Sur pudo reconstruir algunos tramos de su biografía. 

De Carli, divorciado y sin hijos, ha cultivado a lo largo de sus 38 años un riguroso bajo perfil que incluye una vida social casi secreta. Tanto es así que sus vecinos de General Rodríguez sólo lo han visto a bordo de sus vehículos, y en compañía de su guardaespaldas, el carcelero Lombardi. También se sabe que durante gran parte del año reside en los Estados Unidos en donde obtuvo la codiciada green card. Y que, en los últimos ocho años, salió 58 veces al exterior, siendo –además del país del norte– sus destinos más usuales España, Brasil, Portugal, Perú y Chile. También trascendió que en algunos de esos países tuvo ciertos contratiempos: en Portugal habría sufrido un arresto y –según una versión– tendría un pedido de captura librado por la Justicia española. En todos esos países habría desarrollado su verdadera actividad: la importación exportación de insumos de computación; en otras palabras, el contrabando en gran escala. De hecho, uno de sus socios, Federico Braga, tendría su extradición pendiente en España, mientras que otro socio estaría detenido en la capital portuguesa.

Ya en 1999 De Carli, en complicidad con el coronel Bernardo Ortiz Latierro, importaba mercadería de modo ilegal desde Miami a bordo de unos Hércules C-130 fletados especialmente. En junio de ese año, el militar fue procesado por introducir al país 1.700 monitores de computadoras. Se calcula que por entonces esa organización contrabandeaba mercaderías por una suma de cuatro millones de dólares mensuales. De Carli también fue investigado por el juez federal Norberto Oyarbide en una causa conexa a la llamada Aduana Paralela. A la vez se supo que De Carli, junto a su hermano Guillermo y un tal Daniel Dillor, formaron una sociedad para efectuar, entre otros servicios, despachos de aduana. Al parecer, es entonces cuando entra Bina en escena.
Ahora también se comprobó que, 12 días antes de que el presunto narco azteca Jesús Martínez Espinoza atravesara en canoa las costas entre la localidad formoseña de Clorinda y la capital paraguaya, De Carli y Lombardi efectuaron el mismo trayecto, tras alojarse en el Residencial Mario, el mismo hospedaje usado por los mexicanos. En esa oportunidad, el empresario facilitó su ingreso a Asunción con su credencial de la DEA.

Todo indica que De Carli estaba asociado al mexicano Rodrigo. Éste no es integrante del cártel de Sinaloa sino la oveja descarriada de una familia tradicional de León que habría oficiado como intermediario entre los proveedores locales de efedrina y los narcos aztecas. Y De Carli, por cierto, no sería ajeno al negocio.

Ahora se cree que en las catacumbas de su hogar pudieron haber estado las tres víctimas antes de ser asesinados y, tal vez, estando ya muertos. El lugar es óptimo para un buen asesinato. De hecho, días pasados fue descartado que Forza, Ferrón y Bina hayan pasado a mejor vida en el zanjón en donde fueron hallados, tal como sostenía hasta hace sólo unos días el jefe de la Bonaerense, Daniel Salcedo. Habiendo sido titular de la Policía Científica, éste no habría advertido que los cuerpos estaban secos, a pesar de haber llovido durante la noche. Ni que sólo había unas manchitas de sangre bajo esos hombres malogrados con 16 disparos. Por algún extraño motivo, el intendente de General Rodríguez, Marcelo Coronel –que ahora suma dos funcionarios presos por el caso– se apresuró a desmalezar y nivelar el zanjón del crimen con el ímpetu propio de un alcalde suizo. Consultado al respecto, adujo que sólo había cumplido con “un antiguo reclamo de los vecinos”.
Tal vez uno de ellos haya sido el propio De Carli.

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Comentarios (3)
exen
17:41 hs.
19.11.2008
parece una casa de narco del GTA o de la pelicula Vice City
porlapatria
09:41 hs.
17.11.2008
cuanta podridumbre y el pueblo a luchar por solidaridad y honestidad
Javier
14:30 hs.
16.11.2008
Hasta las manos. Espero que se haga justicia
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