por Exequiel Siddig
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Mar del Plata está sobredimensionada; es la ciudad de los contrastes”, dice el periodista pehuajense Roberto Garrone, morador de La Feliz y uno de los mejores en el rubro de la economía pesquera. Habrá que creerle y ahondar. A dos cuadras de esa frase está el obelísquico monumento del General don José de San Martín, que divide por un rato la avenida Luro en dos. Es una estatua de bronce con una férrea capa al viento y el ceño fruncido del Libertador mirando al este. Hacia Jerusalem, digamos. El hecho es que la figura mítica que cedió la gloria continental a Simón Bolívar en Guayaquil, ese portento apabullante cerca del mar fue erigido por la Revolución Libertadora. Un Libertador para una Libertadora –deben haber pensado– y se ha formado una pareja. La chapa no da lugar a equívocos: la pusieron en 1956. Todos quisieron, quieren y querrán aprovecharse del Padre de la Patria. Como si hubieran pretendido oponer un gigante a la barbarie hormigueante de los diez años anteriores… Un Gulliver, digamos, al que se le atrasó el reloj.
Desmanifiesto. Estamos en la ciudad que cobijó la alcurnia veraneante de la década infame; que supo ser fina pero que no pudo sino claudicar a su destino manifiesto. Una ciudad que devino grasita cuando pasada la Segunda Guerra Mundial, el “malón inmigratorio” fue invitado a poner sus patas no solamente en la fuente sino también en el agua salada. La metamorfosis de Mar del Plata concluye un período por el que la burguesía criolla, desde 1810, se había apropiado de la Franja Derecha del mapa de este paisito.
En diagonal, en uno de los cuatro cuadrantes de la plaza San Martín, hay un busto del General Perón, sin fecha, que mira a San Martín desde abajo. Enfrente, cruzando la calle Bartolomé Mitre (General, también), hay un ancla pesada sobre el pasto, regalo de la Base Naval a la ciudad en septiembre de 1979. En esa plaza, que en los años 80 se alquilaban cartings, pareciera que la ciudad es una ciudad de contrastes Generales. En enero, en febrero, en marzo de los últimos años, Mardel volvió a ser cool y a ser objeto de la evaluación de lo in de la revista Gente (aunque en el tercer puesto del podio playero, luego de Punta y Pinamar). Pero al mismo tiempo, la ciudad fue consiguiendo el primer puesto o el segundo en la evaluación de lo des (de desempleo) en el ranking menos auspicioso del Indec.
November sun. Es un noviembre atípico. Se hizo el Festival de Cine con más de 600 invitados, alfombra azul, Tommy Lee Jones y La Chiqui Legrand para el cierre. Estamos a punto de jugarnos otra vez la alegría de vivir y el orgullo nacional en una final deportiva, la Copa Davis, cuya reventa de entradas cuadriplica el abono original empujándolo a 10 mil pesos. La cena en Mar del Plata no baja de los diez euros. “Se respira un aire de tarjeta postal”, me sopla Girando desde un tranvía. Detrás del glamour, las raquetas, las tablas de surf y la reinauguración del Hotel Provincial; detrás de la Mar del Plata que se ilumina en verano, de la que se convierte en una ciudad prometida, hay un lado B que persiste, un lado Polosecki.
Se podría pensar así: el historiador de la larga duración, Fernand Braudel, un día caminaba por la playa. De repente, luciérnagas fosforescentes iluminaron el cielo. Pasaron. Seguía siendo la noche. Así es Mar del Plata antes y después del verano, de este noviembre de sol. En Mar del Plata, hay chicos que viven a media hora de la playa y no conocen el mar. Hicimos bien en creerle a Garrone.
Nos encaminamos a Batán, donde estuvo preso Monzón, uno de los penales más famosos de la Argentina.
Juan y Víctor fueron al mar (ninguno se ahogó). “Mamá, mamá. ¡La pelota no avanza!”, le gritó emocionado Víctor Esteban a Lorena Peralta el día que jugó por primera vez al fútbol en la arena. Esa mañana, desde el kilómetro 12 de la Ruta Provincial 88, había partido un micro lleno vinculado al Hogar de Niños El Sueño del Pibe. El Sueño… es una organización de Batán nacida en 2001 al calor de la urgencia por la copa de leche. Ese ómnibus era parte del programa Mar de Chicos, que el último verano organizó la Secretaría de Desarrollo Social de la ciudad. El profe vió que la gambeta de Víctor era inquietante aún en ese terreno, y lo llevó a entrenar a Boca, que este año abrió una sede por estos lares.
Víctor Esteban y sus ocho hermanos no daban crédito de la novedad. La visita, con chapuzón incluído, duró sólo dos horas, pero el padre, un santiagueño itinerante que trabaja en las cosechas, debió escuchar la aventura de esos 120 minutos por dos semanas, sin parar. “¡El agua es salada, papá!”, repetía Gustavo, su hijo de cinco años. “El agua es salada.” Lorena Peralta, que también nació cerca del mar, lo había conocido recién a los once años, cuando escapó de un hogar familiar violento y la llevaron los del internado.
La precursora del Sueño del Pibe se llama Antonia Ávila. Da comida a 120 chicos, de los cuales un cuarto recibe visitas a domicilio dos veces a la semana. Lo hacen porque no tienen suficiente lugar, o porque algunos viven muy lejos y sus padres no los traen, o porque tienen terror de cruzar la ruta. A través de dos microemprendimientos sustentados por el Pnud (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), Antonia, la cocinera, las maestras y Sebastián –el presidente que fue transplantado de riñón–, equilibran la dieta con todos los nutrientes. Tienen una panificadora que hace prepizzas, pero no pueden venderlas porque el estatuto es el de una organización sin fines de lucro. Hace tres meses, se agregó pescado por una donación mensual de la empresa Balastro. Los empleados del Banco Río todos los meses aportan parte de su sueldo; ya les cedieron las computadoras que no usaban y les consiguieron el suministro de gas. Cerámicos El Palmar les donó los ladrillos para hacer los baños. El este y el oeste de Mar del Plata aquí confluyen…
“Había muchas aguas vidas y un cangrejo bebé”, cuenta Juan, que tiene diez, y se le ilumina la voz cuando evoca ese día mágico en que fue por primera vez a la playa. Él no se metió a lo hondo, pero le enseñaron a agarrar las aguas vivas para que no lo piquen. Juan nació en los bajos fondos de la periferia. Tiene siete hermanos, pero no vive con ellos. Antonia, que ya tiene dos hijos de veintitantos, se hizo cargo, y él le dice Ma.
Juan está cursando tercer grado e intenta aprender los sonidos de cada letra a brazo partido. En las fotos del verano pasado se lo ve flacuchento; ahora no. Tiene un primo, el Ale, que todavía tiene muchas ojeras y que le gusta vestir su camiseta negra de River, la suplente. El Ale camina todos los días 4 kilómetros ida y vuelta para ir al colegio con Juan. Allí en Batán, a principios de año se cayó el techo del hall, por lo que la clausuraron. Recién a fines de mayo, el Ale y Juan, volvieron a ir a la escuela. Todos los días sale un micro hacia el centro de Mar del Plata. Pero en un aula que caben veinte, entran cuarenta. El Ale, que tiene doce, dice que es un poco incómodo si uno quiere ir al baño, porque no hay pasillos en el aula…
“Trabajamos contra la corriente, sin asistentes sociales, sin psicólogo”, explica Antonia, que el 8 de marzo recibió un premio de la Subsecretaría de la Mujer. “El problema es que todo es pasajero para estos chicos: el programa de Naciones Unidas dura un año, las compus son viejas y no tienen módem, a los talleres de telar y pintura tuvimos que cerrarlos porque no podíamos siquiera pagar un mal sueldo a los profesores.”
“Pero esto va a durar para toda la vida”, contesta Lorena. “A los chicos los vamos a atender toda la vida”, aclara Lorena, que es muy pegote de sus hijos y que cuando Víctor Esteban le dijo que la pelota se trababa, y estaba lleno de sal y arena, y feliz como nunca antes lo había visto, en enero pasado, se puso a llorar de la emoción, como cuando ella misma tenía once años. Como cuando había decidido quedarse huérfana y conocer el mar.