Aldo Ferrer | Director Editorial
En la columna de la semana pasada vimos cómo, desde mediados del segundo milenio de la era cristiana hasta finales del siglo XX, los países avanzados de Occidente ejercieron un oligopolio sobre el desarrollo de la ciencia y la tecnología, es decir, las creaciones del ingenio. Lograron, así, acumular capital y saberes, acelerar el aumento de la productividad y elevar los niveles de vida. Mientras todas las grandes civilizaciones produjeron valiosas creaciones del espíritu, por ejemplo, en las artes, sólo en Occidente se dieron las condiciones necesarias para el pleno despliegue de las creaciones del ingenio, las cuales, son el nexo principal entre el desarrollo y la cultura.
La revolución cultural, social y política en los pueblos cristianos de Europa les permitió construir su densidad nacional y, en ese contexto, ampliar el conocimiento científico y transformarlo en tecnologías de producción. El desarrollo de las ideas políticas avanzó en Occidente pari passu con las ciencias duras y la tecnología, mientras que en Asia, Medio Oriente y África, subsistieron tradiciones e ideas arcaicas hostiles a la transformación.
En Europa quedaron resueltos los grandes problemas para la construcción de los Estados nacionales y zanjar el conflicto entre las esferas secular y religiosa. Junto a los gigantes del pensamiento científico, figuran así los grandes pensadores políticos desde Maquiavelo, Hobbes y Spinoza a Locke, Montesquieu y los padres fundadores de los Estados Unidos. En su célebre estudio sobre la ética protestante y el espíritu del capitalismo, Max Weber explicó la importancia de la Reforma en el desarrollo de las economías de mercado y las relaciones entre la fe reformada, la salvación y la acumulación capitalista.
El oligopolio occidental sobre la ciencia, la tecnología y el desarrollo, fue un proceso construido en los espacios nacionales de las economías avanzadas en el seno de la globalización. Es decir, del sistema de redes en las cuales circula el conocimiento, se organizan el comercio, las inversiones de las corporaciones transnacionales, las corrientes financieras, el movimiento de personas y la circulación de información. La globalización fue y es el espacio del ejercicio del poder, dentro del cual, las potencias dominantes establecen las reglas del juego que articulan el sistema. Uno de los principales mecanismos de la dominación radica en la construcción de teorías y visiones que son presentadas como criterios de validez universal pero que, en realidad, son funcionales a los intereses de los países centrales. El impacto de las creaciones del ingenio sobre el desarrollo de las economías avanzadas de Occidente y la formación de su posición dominante en el orden global, fue un proceso progresivo.
Hasta fines del siglo XVIII, las fronteras del conocimiento abiertas por los grandes descubrimientos científicos de creadores como Galileo, Newton y Leibnitz, tuvieron una débil influencia en las tecnologías aplicadas a la producción. Hasta entonces, los avances en la imprenta la construcción naval, los textiles y la agricultura eran, en su mayor parte, resultado de la inventiva de agricultores, comerciantes, marinos, es decir, hombres prácticos, antes que de la aplicación del conocimiento científico a la resolución de problemas. A partir de la Revolución Industrial, en el transcurso del siglo XIX, la producción de bienes, los transportes, las comunicaciones y la organización de las empresas y el trabajo, fueron transformados por la incorporación de nuevas tecnologías basadas en la ciencia.
De este modo, los hallazgos en electricidad, magnetismo, termodinámica, química y biología, se aplicaron a la creación de nuevas fuentes de energía, alimentos, medicamentos y una nueva y variada oferta de bienes de la agricultura, la industria y la minería. Las nuevas maquinarias y equipos y las ingenierías se convirtieron en las principales corras de transmisión entre la ciencia y la economía.
En el Nuevo Mundo, a partir de las trece colonias británicas fundacionales de América del Norte, se constituyó un polo de desarrollo propicio a las creaciones del ingenio, cuyo personaje emblemático es Benjamín Franklyn.
El resto del continente, fundamentalmente la América Latina, no logró, en su su tránsito de la subordinación colonial a la independencia, generar las condiciones necesarias para el despliegue de las creaciones del ingenio y el desarrollo. El pensamiento político y las instituciones de las naciones independientes latinoamericanas se construyó sobre la matriz europea y norteamericana, pero no alcanzó para construir la densidad nacional de los países sobre las bases de la inclusión social, la participación política, liderazgos nacionales y pensamiento crítico y creador. De este modo, también en América Latina se abrió la brecha en los niveles de vida comparados con Occidente y entre las creaciones del espíritu y las del ingenio dentro de nuestros propios países.
En las diversas etapas de la globalización abiertas por las sucesivas oleadas del avance de la ciencia y la tecnología, el sistema internacional se organizó sobre la base del oligopolio de las creaciones del ingenio de las naciones avanzadas de Occidente. La expresión más contundente de la dominación tuvo lugar durante la época del imperialismo, que se extendió hasta la Segunda Guerra Mundial, período en el cual 1/3 de la población mundial, radicada en África, Asia y Medio Oriente, estaba sometido al control de las potencias imperiales. Japón fue la primera potencia no occidental que, desde principios del siglo XX, se propuso, con éxito, impulsar la transformación industrial del país y, sobre estas bases, participó en el dominio de territorios en su zona de influencia.
Las redes de la dominación excedieron los límites de las posesiones coloniales y se organizaron en torno de un régimen de división internacional del trabajo que reservó el dominio de las creaciones del ingenio y las industrias de la frontera tecnológica a las mismas naciones avanzadas. Al resto del mundo, incluyendo las naciones de América Latina, les correspondió el papel de proveedor de alimentos y materias primas e importador de manufacturas y capitales, los cuales tomaron el control de sus principales recursos. Fue el modelo de organización del orden mundial que un economista argentino, Raúl Prebisch, definió como el sistema centro periferia.
Éstos eran, a grandes rasgos, el orden económico y el desarrollo, las creaciones del espíritu y del ingenio, tal cual los hemos conocido, hasta hace poco tiempo. Desde los últimos lustros del siglo XX, somos testigos de un cambio trascendental. Está llegando a su fin el oligopolio de las creaciones del ingenio, de Europa y los Estados Unidos. Las turbulencias actuales en los mercados internacionales son mucho más que una repetición periódica de burbujas especulativas que estallan. Sucede que, ahora, hay nuevos protagonistas.
Las mismas civilizaciones de Asia, que, hace poco más de cinco siglos, eran tanto o más avanzadas que las naciones europeas. Una consecuencia principal de esta transformación es el nuevo reparto de la producción industrial mundial, en cuyas ramas de tecnología avanzada (ej. electrónica, informática, biotecnología), las economías emergentes de Asia, que abarcan alrededor del 50% de la población mundial, tienen un creciente protagonismo. Lo que no ha cambiado es el hecho de que las creaciones del ingenio siguen siendo, como desde los albores del proceso de globalización, la fuente fundamental del crecimiento y de la organización de las relaciones internacionales.
En la actualidad, las relaciones entre la cultura y el desarrollo tienen lugar en un contexto muy distinto al que predominó hasta la Segunda Guerra Mundial. Hasta entonces, la hegemonía occidental coexistió con la indiferencia de las grandes potencias frente a la desigualdad creciente en los niveles de bienestar y al deterioro del medio ambiente. En la actualidad, ambos problemas tienen repercusiones planetarias. Se reflejan en las tensiones internacionales y las amenazas a la paz en diversos puntos del planeta, principalmente, en Medio Oriente y en las evidencias del calentamiento global y otros problemas que afectan al ecosistema. Sin enfrentar las consecuencias de las desigualdades extremas en los niveles de bienestar ni resolver los problemas más urgentes del medio ambiente, no es previsible que el ocaso de la hegemonía de Occidente y el nuevo reparto del poder en el sistema internacional abra una etapa prolongada de relativa estabilidad.
Por otra parte, está por verse si la sabiduría ancestral de las grandes civilizaciones orientales es capaz de imprimir a la organización del sistema mundial y a las fuerzas globalizadoras, un mayor grado de racionalidad del que fue capaz Occidente, durante su hegemonía incontestable sobre las creaciones del ingenio y del desarrollo, en el transcurso de cinco siglos. Mientras tanto, en sus relaciones económicas, las emergentes naciones industriales de Asia están estableciendo con sus viejos cofrades del resto de Asia, África y América Latina, un vínculo tradicional centro periferia, es decir, intercambiando manufacturas y capitales por alimentos y materias primas.
En la explotación de los recursos naturales de la periferia se están incorporando las innovaciones provenientes de las biociencias y la informática, como lo demuestra, por ejemplo, el notable avance tecnológico en la cadena agroalimentaria de la Argentina. Pero esta penetración parcial de esas innovaciones está muy lejos de constituir una participación amplia y profunda de las creaciones del ingenio, la acumulación y el desarrollo. La aparición de nuevos protagonistas en el escenario mundial nos confronta, en América Latina, con nuevos desafíos. No se trata ahora de establecer con los nuevos centros de poder relaciones “privilegiadas”, como las que tuvimos con Europa, primero, y luego con los EE.UU.
En ningún caso, nuestros países encontraron una forma viable de inserción en la globalización compatible con su desarrollo nacional. Como no la encontraría ahora si se conformaran con ser un simple abastecedor de alimentos y materias primas a los mercados en expansión de Asia. Porque es preciso recordar que, en todas las etapas de la globalización, sólo fueron exitosos y alcanzaron altos niveles de desarrollo los países que impulsaron las creaciones del ingenio y las incorporaron en estructuras productivas integradas.
Éste fue y siegue siendo, en primer lugar, un proceso de construcción nacional que, en América Latina, puede fortalecerse en el marco de la integración y ese es el ejemplo que vuelven a dar los países emergentes más exitosos de la Cuenca Asia Pacífico. En resumen, las creaciones del espíritu en la Argentina y los países hermanos de América Latina, generan valores culturales de reconocimiento universal. Pero el desarrollo requiere el despliegue simultáneo de las creaciones del ingenio. El desafío consiste, así, en colocar las creaciones del ingenio de las culturas latinoamericanas a la altura de nuestras creaciones culturales “del espíritu”.
Aldo Ferrer
Director Editorial
Buenos Aires Económico