Economía
Buenos Aires Económico
Por Agustín Crivelli

A modo de balance: lo que dejó el 2009

19-01-2010 /  De cara al Bicentenario de la Revolución de Mayo, resulta apropiado hacer un balance final de la actividad económica en la Argentina durante el año que pasó. A pesar de la fuerte desaceleración, producto de la crisis financiera internacional creada por Estados Unidos, durante 2009 la economía argentina creció, aunque marginalmente, por séptimo año consecutivo.

Estudian fortalecer la banca pública con recursos de la ANSES
En el 2009, Estados Unidos y los principales países europeos sufrieron fuertes caídas de sus productos brutos internos, déficits fiscales superiores al 10% del PBI, marcados incrementos en las deudas públicas; tuvieron que rescatar a sus principales entidades financieras de la quiebra, y el desempleo tuvo y aún tiene, un incesante incremento. Pero en nuestro país la situación fue diferente. A pesar de los presagios negativos de los gurúes de siempre, el nuestro fue uno de los países que mejor soportó la crisis, cerrando el año con superávit fiscal y comercial, creciendo (0,7%) y con una expectativa de crecimiento económico para el 2010 superior al 4 por ciento.

Históricamente, la Argentina estuvo dentro del grupo de los países más vulnerables frente a los impactos de las crisis económicas internacionales. ¿Por qué esta crisis no sacudió la economía argentina? Entre las múltiples razones nos parece importante rescatar dos: la situación de relativo aislamiento de los mercados financieros internacionales –señalada como una debilidad por los economistas de la ortodoxia– y la política de fortalecimiento del mercado interno.

Luego del canje de 2005 la proporción de deuda pública denominada en moneda extranjera se redujo de 95% en 2001 a 53% en 2008, al mismo tiempo que los superávits gemelos, de sector externo y fiscal, le permitieron a la Argentina acumular importantes reservas internacionales. De esta manera, gracias al relativo aislamiento de los mercados de capitales internacionales, la reducción del financiamiento externo no tuvo el impacto que otras crisis tuvieron sobre el funcionamiento económico de nuestro país. Por otro lado, a partir de las políticas de recomposición salarial y el importante incremento de la inversión pública, el mercado interno pasó a explicar más del 60% del crecimiento económico argentino.

En un contexto internacional recesivo, el Gobierno apostó a una serie de instrumentos de política económica que permitieron sostener el nivel de actividad. Ante una banca privada que decidió priorizar la liquidez ante la incertidumbre (obteniendo ganancias a partir de la venta de servicios y los préstamos personales), la banca pública canalizó los recursos del sistema previsional al otorgamiento de créditos para las actividades productivas. También se otorgaron ayudas estatales a las empresas para asegurar el pago de los salarios –sujeto al mantenimiento de los puestos de trabajo–, se redujeron impuestos sobre los ingresos de los trabajadores –con la eliminación de la tablita de Machinea– y se recurrió a restricciones técnicas para impedir que los productos importados desplacen producción nacional.

Pero, sin dudas, una de las medidas más importantes –si no la más importante– fue la universalización de la asignación familiar por hijo. Además de los evidentes efectos sobre los niveles de pobreza e indigencia, al concentrarse básicamente en los hogares de menores ingresos, impacta directamente en la reducción de la brecha social entre ricos y pobres. Conjuntamente, desde el punto de vista económico, dado que cualquier aumento de ingresos de los sectores populares se traduce automáticamente en un incremento del consumo (y consecuentemente de la demanda), se trata de un incremento de la demanda efectiva de alrededor de 10.000 millones de pesos anuales.
 
En un contexto de importantes limitaciones al crédito externo –y con las insistentes voces oportunistas de siempre que señalan que el país no va a poder cumplir con sus compromisos externos–, en el plano financiero la política económica estuvo dirigida a recuperar la confianza, lanzando varias señales a los mercados. Se promulgó la ley que habilita la emisión de bonos para avanzar en el canje de deudas en default en manos de acreedores privados que rechazaron la refinanciación de esos pasivos en el año 2005, y se creó el Fondo del Bicentenario para el Desendeudamiento y la Estabilidad, un fondo de u$s6.569 millones –algo menos de un tercio de las reservas de libre disponibilidad– para garantizar el pago de la deuda externa pública durante el año 2010, alejando de antemano los fantasmas de la cesación de pagos y dejando libres los recursos fiscales necesarios para el sostenimiento del mercado interno.

No quedan dudas de que el año 2009 fue un año difícil en todo el mundo. No obstante, a modo de balance, podemos afirmar que dentro de los avances y retrocesos el saldo fue positivo.

Evidentemente todavía falta mucho por transformar, pero es necesario mirar para atrás, rescatando y valorando los logros obtenidos, para poder avanzar en las asignaturas pendientes: un sistema impositivo más justo, una nueva ley de entidades financieras, un replanteo integral de la política de recursos naturales; la implementación efectiva de la nueva ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, un control eficaz de los grupos formadores de precios, entre otras acciones indispensables para seguir construyendo un país donde las mayorías estén incluidas.

*Economista del CEMOP (Fundación Madres de Plaza de Mayo)
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